Nuestra cultura presenta síntomas de mala salud y no parece ser un simple resfriado sino algo bastante más complicado.
Lo que hasta no hace mucho tiempo atrás parecía inaceptable para nuestras sociedades, como el racismo, la xenofobia, la intolerancia religiosa o la opción de favorecer a los más ricos, hoy parece que permite ganar elecciones en las autodenominadas “democracias occidentales”. Desde el impresentable Trump hasta el buenito Macri o el educado Rajoy, darle dinero a los que más tienen y perseguir a los que se oponen a ello parece ser la fórmula del éxito.
Pero, como decía el Principito de Saint-Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos”. Y lo que debería llamar la atención de nuestra cultura es que lo que se considera valioso, el dinero, ya no tiene relación con la riqueza real. Y no nos estamos refiriendo a la caducidad del patrón oro y menos aún a la creencia pseudocientífica de que el dinero tendría alguna relación con los bienes producidos. Nos referimos a algo mucho más sencillo y terrible a la vez: lo que hace rica a una sociedad destruye al dinero, y lo que permite la acumulación de dinero destruye a la sociedad.
En ese límite está puesta nuestra cultura, su agotamiento político, ético y estético es el resultado visible. Días atrás se confirmaron las predicciones de una cosecha abundantísima de granos en todo el planeta. ¡Qué noticia emocionante! La humanidad tendría por delante uno o varios años de abundancia. ¡Qué de fiestas de agradecimiento a los dioses amerita este bien!
Pero no es así. En el mismo día de esta confirmación jubilosa se desplomaron las bolsas de cereales en todo el mundo. Al dios dinero no le agrada la abundancia sino la escasez. Los precios de los cereales llegaron a su piso más bajo en muchos años. Los agricultores que producirán esta cosecha magnífica verán disminuidos sus ingresos, los países que son fuertes productores de granos pasarán un año difícil para sus cuentas externas.
Esto es lo que hace que todas las promesas que hablan de desarrollo, de crecimiento, de trabajo y de aumento de la producción sean insanablemente falsas. Todas esas acciones, sólo necesarias para que unos pocos acumulen más dinero, representan un descalabro para toda la humanidad.
Sin embargo, a pesar de toda esa evidencia, se sigue creyendo desde los gobiernos y las academias en que las inversiones serán el dinamizador de la vida social, aunque nunca esa confianza se vea retribuida con resultados siquiera aproximados a los esperados. Cuando el brujo de la tribu fracasa reiteradamente en sus ritos para hacer llover, es probable que toda su enseñanza pase a ser dudosa y se creen las condiciones para que aparezcan “enseñanzas” alternativas. ¿Qué valor puede tener la igualdad si eso permite que un “mexicano” deje a un blanco norteamericano sin trabajo en su propio país? ¿Qué tiene que hacer un “boliviano” o un “paraguayo” en la Argentina quitándole el trabajo a los esforzados criollos? ¿De qué sirve la defensa de los derechos humanos si eso conduce a que los “terroristas musulmanes” se muevan con comodidad aprovechando las libertades que ofrecen las sociedades occidentales? ¿Por qué permitir que “peruanos” o “colombianos” manejen el negocio de la droga teniendo tantos capacitados dealers locales?
Otra vez, lo esencial se vuelve invisible a los ojos. Nuestra cultura agotada solo puede superarse poniendo nuevamente en correspondencia lo valioso con lo bueno para todos. Dinero y riqueza han seguido caminos distintos: hay que volver a cuidar lo que constituye riqueza para el género humano.
Si la especie de los tigres hubiera creado trampas para cazar a sus presas, eso, con seguridad, habría aumentado mucho sus posibilidades de vida. Pero si transcurriendo el tiempo la adquisición de trampas llegara a ser más importante que el producto de la caza, probablemente esa especie se extinguiría.
El dinero ha devenido en trampa. Como dijera una revista de humor argentina –la Barcelona– “el dinero no es un fin en sí mismo, es sólo un medio para obtener más dinero”. Desde el momento en que éste pasó de ser un medio a ser un fin, peligra la continuidad de la especie humana.
Página y media – nota escrita en Junio de 2017
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