Un mundo sin izquierdas

Entre promesas y mentiras, el mundo actual presenta el deterioro creciente de las condiciones de vida de muchos millones de personas, imposible de disimular a pesar de los “ajustes” de las estadísticas para que no parezca tan grave. Las Naciones Unidas se declararon vencidas en su objetivo de terminar con la pobreza para el 2015 y se dieron nuevo plazo hasta el 2030. Pero el tren, en vez de ir para ese lugar, sigue acumulando estaciones cuyos nombres son Carencia, Marginalidad, Indigencia, Exclusión; lo que da lugar a los respectivos sujetos carenciados, indigentes, marginados, excluidos.

Es un mundo para “las izquierdas”, ya que su tema central es mejorar la vida social, reformar, revolucionar, denunciando las inequidades del presente y señalando la necesidad de construir un mundo más justo, sin explotación ni enajenación del trabajo, sin desigualdades aberrantes. Pero: ¿dónde están “las izquierdas?

Algunas “izquierdas” tienen responsabilidades de gobierno, con posibilidades reales o imaginarias de mejorar el sistema “desde adentro”, como por ejemplo los partidos socialistas que gobiernan periódicamente en Francia, Chile o España. La formación del último gobierno español, con el conservador Rajoy a la cabeza, logrado con el imprescindible apoyo del PSOE, quizás define la vocación de estas izquierdas. De la misma manera podemos observar al gobierno del socialista Hollande impulsando la reforma laboral que quita derechos a los trabajadores en Francia y la crónica pelea de Bachelet con los estudiantes ante las dificultades de acceso que estos tienen a un sistema educativo mercantilizado.

Otras se oponen a los gobiernos existentes y denuncian las condiciones de vida oprobiosas, proponiendo la necesidad de cambiar el sistema en el que vivimos. Estas “izquierdas” se encarnan en organizaciones políticas legales o proscriptas, sindicatos, organizaciones sociales y no están comprometidas con los sistemas de gobierno de sus países, salvo por alguna pequeña representación parlamentaria, lo que les permite una gran libertad de propuesta ya que están menos constreñidas a las necesidades de gobernabilidad del sistema. Esas propuestas, es fuerza decirlo, no han incorporado nuevos elementos en los últimos cien años.

En otros casos, combinan responsabilidades de gobierno con su participación crítica en el control de sus propios gobiernos, como es en parte el caso del Frente Amplio en el Uruguay o el gobierno de la Coalición de Izquierda Radical en Grecia. Esto genera espacios de debate complejos a nivel tanto de funcionariado como de militancia y entre ellos.

Todos intentan, claro, lograr disminuir los impactos que el capitalismo implica para los más humildes, aunque  la pregunta de quién debería pagar la crisis, si los trabajadores o los capitalistas, los campesinos o los terratenientes, los ahorristas o los banqueros, refuerza justamente la ilusión de que nuestra cultura funciona bien y que, en determinados momentos, entraría en “crisis”. En verdad, no hay ninguna crisis que subsanar: lo que aparece como crisis es la normalidad de nuestra manera de vivir.

Siempre queda como sustrato valioso la idea general de igualdad que anima a estas diversas propuestas de izquierda. Pero cuando se dice, por ejemplo, que “un legislador debe ganar lo mismo que un maestro”, se están reproduciendo –quizás sin saberlo– los ideales más profundos de nuestro sistema de vida. ¿Por qué la consigna no es que el maestro debe ganar lo mismo que el legislador? ¿Por qué pretender que todos ganen menos en vez de legitimar que todos ganen más? No parece ser que deban ser las izquierdas las que expliquen que eso no es posible.

Si el mundo en el que viviremos es aquel que podamos imaginar no tenemos muchas esperanzas. Parece que la desigualdad está inscripta genéticamente en nuestra cultura y nos parece natural. La única manera que conocemos para generar riqueza es destruyendo al planeta y a la sociedad humana, pero esta evidencia queda reducida al “responsable” compromiso con la reproducción del sistema o a la piadosa percepción de que, a veces, habría “crisis”.

El deseo legitimado de vivir mejor queda, así, circunscripto a una esfera técnica: ¿qué será más apropiado para vivir mejor? Consumir más, consumir menos, bajar el salario, subir el salario, aumentar los impuestos, flexibilizar la legislación laboral, ampliar los derechos del trabajador, educación pública para todos, educación pública solo para los pobres, bajar los impuestos, empresas capitalista dirigidas por obreros, votar a Trump, votar a Clinton, son todos iguales, ¿alguien rompió algo?, ¿quién lo paga?

Agotada la fuerza del espíritu para racionalizar la sociedad humana o la capacidad de las fuerzas productivas para revolucionarla, quizás el mundo se vuelva a llenar de izquierdas cuando se piense más en la necesidad de cambiar las reglas y no tanto en protestarle al referí.

Página y media – Nota escrita en Marzo de 2017

emiliopauselli@gmail.com

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