Ayer estaba haciendo trámites en un banco cuando se inició el paro en repudio por el proyecto de reforma previsional que aumenta la edad jubilatoria, disminuye la proporción de la jubilación respecto al ingreso del trabajador activo y modifica la fórmula de ajuste con grave perjuicio para el ingreso futuro de los abuelos y abuelas de la patria.
Una abuela sentada a mi lado comenzó a protestar por la interrupción del servicio de caja con la expresión de “son siempre los mismos veinte los que no nos dejan vivir tranquilos”. Intenté compartir la impresión de que el paro parecía justificado lo que de ninguna manera fue aceptado por mi ocasional interlocutora. Preso del paradigma cognitivo pregunté a la señora si no le preocupaba que en el futuro su jubilación se viera afectada, a lo que me contestó con una bondadosa sonrisa: “No es cierto, no nos van a pagar menos de lo que corresponde”.
Horas después, el espectáculo ya montado varias veces de un pequeño grupo de agentes de servicios de inteligencia arrojando piedras para dar la voz de inicio de la represión, hace ver a pequeños grupos que se autodenominan de izquierda la oportunidad de acompañar al pueblo en su enfrentamiento con el enemigo “policial”.
Ni la abuela puede ver que sus ingresos futuros serán seriamente afectados ni esos grupos ver que favorecen la posibilidad de desbaratar multitudinarias manifestaciones que buscan expresarse políticamente en el espacio público.
Mientras tanto, los legisladores que impulsan la reforma previsional creen que la reducción de la base jubilatoria no afectará el ingreso de los jubilados (¿?), otros legisladores que tienen su cargo por pertenecer a partidos supuestamente opositores creen que resulta bueno apoyar el proyecto oficial aunque éste esté en las antípodas de las razones por las que esos partidos fueron votados.
Pero esta manera de “ver” no es propia de la derecha política o de sus ocasionales aliados o de algún grupo de izquierda. Al gobierno del Frente para la Victoria, que antecedió al gobierno actual, no hubo manera de ayudarlo a ver que, después de la crisis del 2008, nuevamente comenzó a aumentar el desempleo y la pobreza en la Argentina. Ellos creían que su acción llevaba bienestar a toda la sociedad y no pudieron ver que fuerzas poderosas que excedían en mucho sus intenciones producían fenómenos de signo exactamente contrario.
¿Que la política es una actividad pragmática donde hay que adecuarse a las posibilidades que cada situación ofrece? Puede ser, pero, en todo caso, podríamos esforzarnos todos en explicitar las opciones éticas que nos llevan a tomar esas decisiones restringidas. Por ejemplo, decidir aliviar temporalmente los desajustes fiscales a partir de quitar ingresos a los más desprotegidos de la sociedad luego de haber votado distintas leyes que eximieron de realizar aportes establecidos a los más poderosos, es una definición que no puede ocultarse detrás de ninguna declaración sobre el carácter que tendría la profesionalizada actividad política.
Contrariamente al viejo adagio de “ver para creer”, parece que en realidad solamente podemos ver lo que creemos. Quizás esta dinámica autista de creer para ver, más allá de las sutilezas epistemológicas que suscita, sólo pueda ser interrumpida por el comprender. Comprender que ya hace tiempo lo que es bueno para la economía es malo para la sociedad y viceversa. Comprender que la cultura de la ganancia ha llegado a su fin: ya no serán viables sociedades que puedan vivir en paz defendiendo la acumulación de riquezas sin límites de una minoría a expensas de los ingresos del resto de la sociedad.
La creencia de que si no se ponen límites a la acumulación de riqueza algo bueno ocurrirá para todos no cuenta con ejemplos prácticos en la historia humana. Las prácticas políticas de favorecer a los poderosos y perjudicar a los débiles, llevada a cabo regularmente por gente sin vergüenza, tampoco son eternas.
Página y media – Nota escrita en Diciembre de 2017