El golpe de Estado en Bolivia vuelve a mostrarnos un escenario frágil en cuanto al respeto a los mecanismos democráticos en la región. No es un trueno en un cielo soleado, claro que no: la destitución legislativa de Fernando Lugo en Paraguay o la destitución judicial-legislativa de Vilma Rouseff en Brasil más la posterior proscripción de Lula son anticipos de este mismo proceso.
Pero claro que ver un jefe de policía, como en Bolivia, decidiendo lo que tiene que hacer el presidente electo, ya superó nuestra capacidad de asombro, retrotrayéndonos a épocas que algunos consideraban superadas.
Si bien cuesta creer que se pueda volver medio siglo atrás, si miramos un poco la entretela de los vestidos de la democracia no nos parecerá ya tan imposible. El modelo de sociedad impuesto a partir de los años 60 y 70 del siglo pasado a través de crueles gobiernos militares que se constituyeron como fuerzas de ocupación respecto de sus pueblos, no ha sufrido cambios profundos en las últimas cuatro décadas.
La represión del campo popular, la aniquilación de sus dirigentes, los valores difundidos a través de los mass media como apoyatura de esos procesos, hizo posible que una vez finalizadas esas dictaduras la expresión electoral de nuestras sociedades no pusiera para nada en riesgo la estructura de desigualdad y privilegios que aquel modelo vino a imponer.
Pero la eficiencia de la democracia para garantizar esos privilegios ha venido disminuyendo: cierto grado de libertad de opinión, de organización y la renovación periódica de autoridades, ha devenido en el cuestionamiento por lo menos de los efectos del modelo imperante. Como dice el refrán, tanto va el cántaro a la fuente… que al final una parte de nuestros pueblos vuelve a soñar con vivir en una sociedad más justa, así como lo imaginaron millones de personas en todo el mundo luego de la finalización de la segunda guerra y el inicio del proceso de descolonización del mundo (1945), la revolución china (1949), la revolución cubana (1959), el movimiento hippie (1960) o el mayo francés (1968), para citar algunos hitos que renovaron la utopía, antes del triunfo de la contrarrevolución conservadora (Friedman, Hayek).
Por eso el golpe de Estado en Bolivia no es sólo un examen para las democracias de la región. Es también un desafío para comprender qué nos está pasando y qué tenemos por delante.
Proponemos cuatro reflexiones al respecto:
- Los errores o torpezas que el gobierno de Evo Morales pueda haber cometido no son la causa de esta situación. En todo caso, los aspectos fallidos de su gestión fueron una excusa y quizás también una oportunidad para poner en acto los planes golpistas.
- Es imposible comprender el golpe de Estado en Bolivia si no se tiene en cuenta el profundo odio racial que las elites y una parte de la población tiene respecto de la población indígena.
- Fracasados electorales, como Luis Fernando Camacho –sacó el 5% de los votos en Santa Cruz de la Sierra, su lugar de pertenencia– adquieren peso a partir del fundamentalismo religioso. Así, se ha visto a las autoproclamadas autoridades golpistas presentarse con la Biblia en la mano prometiendo instaurar “la Justicia Divina”. ¿Y se preocupan porque retrocedimos 50 años? Ja, ja, ja. En verdad retrocedimos 500.
- La derecha política ya no es un fenómeno de minorías en la región. Por el contrario, una parte de nuestras sociedades ha sido convencida de que los problemas que sufren se originan en “las demandas de los pobres que no quieren trabajar”. Se presentan dispuestas a acompañar electoralmente propuestas que prometan “respeto a la jerarquía” y “orden” creyendo que en eso está la clave de una vida mejor.
Es un buen momento para aceptar que el racismo no existe sólo en Estados Unidos o que la intolerancia religiosa no es sólo un problema del Medio Oriente; es una oportunidad de comprender que el enfrentamiento con el neoliberalismo incluye sólo una parte de lo que está en juego.
Es esta cultura capitalista, patriarcal, racista y fundamentalista la que atenta contra una vida mejor. Y una parte de nuestros pueblos aún no lo ha comprendido. De resolver esta tarea, quizás, dependa el futuro.
Noviembre, 2019