A una amoladora de la felicidad

La sociedad argentina ha logrado, a partir de las últimas elecciones presidenciales, renovar la esperanza en un futuro mejor y evitar el riesgo de una crisis como la de Chile, donde gran parte de la sociedad ya no quiere seguir soportando los niveles de desigualdad propuestos desde las elites dominantes.

A su vez, el tejido político ha sustentado este cambio de rumbo impidiendo la interrupción de la legalidad democrática –como en Bolivia–, ya que el temor de los sectores privilegiados de perder parte de sus prebendas no pudo atravesar el entramado institucional existente y expresarse como violencia política.

Y para completar este panorama alentador, el presidente electo, Alberto Fernández, ha señalado que el desafío “no es hacer un gobierno mejor que el de Macri, cualquiera puede hacer eso” –afirmó con razón–, sino hacer un gobierno mejor que el que su espacio político ha hecho en otras oportunidades.

Algunas afirmaciones hechas en estos días sobre lo que contemplarían las futuras políticas sociales proyectan una sombra sobre este panorama alentador. Se vuelve a decir que “los oficios, la construcción, lo textil, la producción y venta de alimentos, más los servicios de cuidados de personas, son tareas vinculadas a las clases más bajas que hay que reactivar rápidamente”. Para que esa reactivación sea efectiva se piensa, entonces, en programas que permitan a esas personas comprar herramientas u otros productos vinculados a esos emprendimientos familiares.

Claro que esto no es nuevo. La creencia de que las personas no tienen trabajo no por causas sistémicas sino porque carecen de alguna herramienta o de un pequeño capital de trabajo o de “capacitación” ha sido alentada desde los años 90 del siglo pasado por los organismos multilaterales de crédito. El Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, el espacio académico por ellos financiado o seducido y las ONGs proveedoras de esos servicios, hicieron de estas trivialidades verdades universales.

Durante treinta años tuvimos diversas oportunidades de reconocer que estas ideas colonizadoras tienen poco que ver con la realidad de nuestras sociedades. Si quisiéramos abordarlo desde la práctica social, podríamos reparar en que la persona que cortaba el pasto del jardín de otra persona no ha dejado de hacerlo por carecer de una cortadora de césped, sino porque su potencial contratante no cuenta ya con recursos para pagarle por el servicio. Ahora, o deja crecer el pasto o se lo corta él mismo.

Si quisiéramos abordar el análisis de estas creencias desde las medidas implementadas desde el sector público, la conclusión es más evidente todavía. Basta con analizar, por ejemplo, la ausencia de evaluaciones positivas del paradigmático y millonario programa denominado Manos a la Obra; a no ser que se considere positivo que hayan sobrevivido menos del 1% de los emprendimientos financiados.

Llegados a este punto, a la insistencia en reeditar acciones que ya han fracasado en el pasado hay que agregarle otra insistencia: la de considerar que hay actividades propias para las clases bajas. Como bien dijo la gobernadora Vidal, para qué invertir en universidades si los pobres no acceden a ellas. Para qué pensar en programas distributivos en una sociedad donde el trabajo, tal como lo entendemos culturalmente, pierde y seguirá perdiendo eficiencia como distribuidor de ingresos; para qué preocuparse en investigar cómo aportar a la construcción de subjetividades en esta nueva sociedad de la tecnología; para qué examinar las nuevas oportunidades de igualdad que podrían construirse a partir del acceso al conocimiento aplicado; para qué tomarse todo ese trabajo si los pobres se dedicarán a la construcción, al arreglo de ropa, a la elaboración de  comidas o a cuidados personales.

Resolver los desafíos que hoy enfrentan las sociedades humanas en todo el planeta era, finalmente, un problema sencillo. Entre la exclusión social y la felicidad sólo media una amoladora, o una máquina de coser, o un horno pizzero. En el mejor de los casos, un curso para cuidar ancianos, ya que éstos o sus familiares nos remunerarán generosamente por nuestros servicios.

Pero no desesperemos, todo esto está aún por verse. Un primer paso está dado: entre la dirigencia política y la sociedad se construyó una mayoría electoral que expresó su intención de “ir para otro lado”. Sería muy triste que todo ese esfuerzo nos lleve, en materia de políticas sociales, nuevamente a un lugar que tristemente ya conocemos.

Noviembre, 2019

emiliopauselli@gmail.com

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