Sororidad y cambio cultural

Cualquiera sea el enfoque sobre la relación deseada entre los géneros de la especie humana, un observador medianamente informado debe aceptar que ser mujer en nuestra cultura conlleva una serie de riesgos y dificultades mayores que el que deben afrontar los varones.

Esto no significa que éstos atraviesen una existencia libre de dificultades. Por el contrario, en las sociedades de la desaparición del trabajo, los varones enfrentan enormes problemas a la hora de reconstruir su identidad, toda vez que los mandatos culturales de protección económica y sustento del hogar no pueden ser cumplidos satisfactoriamente por la mayoría de los integrantes del género masculino.

Pero la desigualdad, violencia y abuso que sufren las mujeres hacen de la resolución de estos problemas una de las claves para vivir en un mundo mejor. Desde la ajenidad respecto de su propio cuerpo –penalización del aborto, embarazo infanto-adolescente, violencia de género- hasta las desventajas profesionales –menor salario por igual trabajo, discriminación por embarazo o familia, subalternización por misoginia en ámbitos de trabajo masculinizados–, la condición de mujer amplía los riesgos que ya de por sí toda vida humana implica.

La sociedad patriarcal, a su vez, cuenta con relatos legitimadores que las propias mujeres comparten, como los reproducidos por las principales religiones. Cristianismo –por culpa de la mujer ingresó el pecado en el mundo–, judaísmo e islamismo comparten la creencia de que la mujer es inferior al hombre, debe estar subordinada a éste y su cuerpo debe ser controlado porque, de otra manera, desata –en el varón, claro, que así se desresponsabiliza de sus emociones– las peores pasiones. El amante de su mujer “puede rajarse, el hombre no es culpable en estos casos”, afirma el tango, mientras que ella resulta asesinada de “treinta y cuatro puñaladas”.

A este perfil de nuestra cultura se lo llama en ocasiones, quizás con poca precisión, machismo. Este nombre haría referencia a la preeminencia del macho sobre la hembra, con alguna resonancia naturalista que lo asemeja con lo animal, en contraposición a lo que sería propiamente lo humano.

Más allá de las limitaciones que presenta la metáfora biológica para definir la relación entre los géneros humanos, la utilización de la palabra machismo ha dado lugar a su contrapuesta: hembrismo.

Ambas denominaciones parecen haber quedado prisioneras de la comprensión de la relación entre los géneros como una disputa de poder. No es raro que esto ocurra: en una sociedad dividida en pobres y ricos, poderosos y desvalidos, países imperiales y países subordinados, caucásicos y el resto, parece razonable también asimilar a esas disputas la que existiría entre varones y mujeres. O predominan unos, o predominan otros, o, en el mejor de los casos, se alcanza un equilibrio más o menos frágil. La posibilidad de integrar sociedades inclusivas queda así descartada por principio.

Pero, como la búsqueda humana parece ser incansable, algunos colectivos han acuñado la palabra “sororidad”. Ésta expresaría un tipo de hermandad entre mujeres que, de esta manera, se sienten en condiciones de aportar elementos nuevos y valiosos a nuestra cultura. Mientras que machismo y hembrismo refiere a una lucha de poder –en la sociedad patriarcal siempre masculino–, la sororidad refiere a una capacidad transformadora que ciertos grupos de mujeres, y sólo ellas, podrían incorporar a nuestra vida, como un presente superador beneficioso tanto para las mujeres como para los varones.

Así, ya no es necesario descalificar al frater, el hermano, ni la fraternidad. Sólo se trata de agregar a la soror, la hermana, y enriquecer nuestra posibilidad de imaginar el mundo también a partir de la sororidad.

¿Y por qué no hablar de fraternidad entre mujeres? Bueno, no es sólo una cuestión etimológica. Cuando el protagonista de Yira Yira busca “un pecho fraterno para morir abrazao” lo que necesita es el pecho de un varón, ya que su situación desesperada es resultado de la esquiva “suerte que es grela”, que en el lunfardo de Discépolo equivale a “mujer”.

Las mujeres que la sociedad patriarcal ha transformado en temibles, incomprensibles, impredecibles, en tanto apéndice del varón, tienen algo que decir con su voz propia, y esa voz se amplifica a partir de su hermandad.

Fraternidad + Sororidad = un Mundo mejor, más rico, más completo, más humano.

Diciembre, 2019

emiliopauselli@gmail.com

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