“Todo es perfecto cuando sale de las manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre”, nos dice Jean-Jacques Rousseau en las primeras líneas de su libro Emilio o de la educación.
Su máxima parece haber pervivido a través de los siglos. Existe una naturaleza donde todo está bien y llega el hombre a estropearlo. Y agregado a eso, como vivimos en una cultura basada en el consumo que expolia a la naturaleza, les echamos la culpa a los avarientos y quedamos libres de responsabilidad siete mil quinientos millones de personas.
La pandemia de COVID-19, por caminos impensados, nos puso de nuevo frente a la naturaleza. Nos emocionamos porque la obligada detención de las actividades demenciales de los seres humanos ha hecho aparecer cisnes y medusas en Venecia. Pero nos olvidamos que ese espectáculo carecería de trascendencia si no existiera Venecia, ciudad que resume muy bien gran parte de la alocada historia humana.
Algunos creen que efectivamente el ser humano es el “rey de la creación” y consideran, entonces, que todo lo que existe es un recurso que podemos utilizar discrecionalmente. Otros creen que somos esclavos de la creación y que todo lo que modifiquemos en la naturaleza se volverá contra nosotros como un nuevo pecado original.
Una superación de estas posiciones extremas podría basarse en una reflexión basada en el sistema vida, que incluya al hombre no como su rey ni como su demonio, sino como un viviente con necesidades específicas y con unas maneras de resolverlas definidas por la cultura.
La posibilidad de contagio de enfermedades entre especies vivas parece ser parte del sistema vida. Lo que el COVID19 ha puesto al descubierto es, principalmente, el efecto difusor que le imprime nuestra posibilidad de movernos aceleradamente por todo el planeta. Parece que muchas transmisiones interespecie nos han afectado desde antiguo, pero se resolvían antes de que existiera la posibilidad de comunicarla a otros grupos humanos.
El hombre, en tanto ser vivo, también enferma a otros seres vivos. Y no sólo desde su acción social, sino desde la más simple contigüidad. La zoonosis no encuentra un concepto equivalente, no hablamos de algo así como “humanosis” para referirnos a esa capacidad nuestra de contagiar y provocar muerte. Si no ocurre más a menudo es sólo porque otras especies escapan de nosotros en vez de buscarnos.
El término técnico de “antropozoonosis” es esclarecedor al respecto: el ser humano –antropos–, en tanto animal –zoo–, contagia enfermedades a especies no humanas. Esto es muy muy viejo: el ser humano se compone de una parte sublime, espiritual, y una parte tosca, animal. Lo que contagiamos a otros seres vivos es responsabilidad de esa parte animal, lo esencial que nos hace humanos no tiene nada que ver con ese fenómeno tan desagradable. Alma y cuerpo, espíritu y materia, bondad y pecado: ¿algo de esto le suena?
La falta de comprensión sobre el sistema vida hace que no terminemos de prestar atención a fenómenos como el calentamiento global, la deforestación, la contaminación, la desertificación, los incendios –entre otros–; y pongamos así en peligro las condiciones futuras de vida de la especie.
Una de las respuestas a estos problemas opone una naturaleza buena y sabia frente a un hombre malo e ignorante. Si no fuera por sus acciones destructivas el sistema planeta tierra recuperaría su equilibrio. No habría enfermedades y ninguna especie se extinguiría. Y por caminos impensados llegamos nuevamente a la afirmación que Rousseau hizo en 1762: todo está bien en la naturaleza, el ser humano lo estropea sin remedio.
Algunos entienden que la destrucción del sistema vida es responsabilidad de las corporaciones económicas, en especial de las dedicadas a la agroindustria. No tienen en cuenta que la diferencia entre una corporación y un colono es solo de escala, no de actividad, y muchas veces miles de colonos producen el mismo nivel de destrucción. En realidad, corporaciones y colonos son víctimas de una cultura basada en el valor.
La idea de una naturaleza sabia parece estar dando origen a un nuevo pensamiento religioso. Permite separar lo bueno de lo malo con la misma sencillez con la que se pueden separar peras y calefones; y lo bueno es “respetar” la “naturaleza”. ¿Por qué un transgénico es pecado y un sistema de riego es una bendición?
De la oposición entre depredación y reverenciación no parece surgir un pensamiento superador para el accionar humano en el contexto del sistema vida. Parece difícil que el paso de una comprensión de la naturaleza de carácter exclusivamente instrumental a una de carácter teológico signifique un gran avance para la humanidad. El equilibrio y la felicidad ya no dependería del despliegue del espíritu absoluto en la historia ni del desarrollo de las fuerzas productivas; ahora un nuevo mito las reemplaza: la naturaleza. Esta sería portadora de una sabiduría que, salvo en el caso de los dinosaurios y algunas otras miles de especies, se considera, por alguna razón, comprobada.
La actual civilización no ofrece una buena propuesta para nuestra continuidad en el sistema vida. La idea de una nueva relación con la naturaleza que nos permita la sobrevivencia depende de cambiar profundamente nuestra cultura, no de inventar un nuevo tótem al cual confiarle nuestro futuro.
Mayo, 2020