Por estos días se ha vuelto un lugar común decir que el mundo no volverá a ser igual después del COVID-19. Ahora, en qué sentido el futuro será distinto, es tema ya más difícil de decidir.
A juzgar por las opiniones de algunos pensadores podríamos estar al borde del comunismo o, según otros, ante la consolidación planetaria del neoliberalismo. O ante un “no pasa nada”, todo volverá a ser como siempre; o ante un “nunca nada volverá a ser igual”.
Tampoco faltan sujetos oscuros que insisten en que merecemos lo que nos pasa, junto a sujetos luminosos que incluyen estos acontecimientos en el eterno aprendizaje de ser humanos.
Cualquiera sea nuestra opinión, posiblemente podremos coincidir en que es cosa difícil predecir el futuro. Bueno, quizás predecirlo no tanto, hay profesionales desde la astrología hasta la economía que lo intentan permanentemente: lo difícil es acertarle.
Los supuestos cambios que ocurrirían podrían dar lugar a una lista casi infinita, quizás con grandes temas aglutinadores, a saber: nada será igual en la vida cotidiana, nada será igual en la economía, nada será igual en la organización política, nada será igual en la relación con la naturaleza, nada será igual en las prácticas educativas, nada será igual en el mundo del trabajo, y así de seguido.
Tal diversidad de aspectos nos pone casi en el umbral de la verdad absoluta: todos tendrán razón. Algo va a cambiar y algo va a seguir igual. Entonces, volviendo a la afirmación inicial respecto de que el mundo nunca volverá a ser igual, podríamos preguntarnos qué tipo de cambios impactarían en nuestra cultura y cuáles otros sólo serían pequeños ajustes hasta la próxima vacuna y la próxima pandemia.
Sería como construir unos indicadores a priori que nos permitan afirmar a posteriori si el mundo cambió o si sigue siendo el mismo perro con distinto collar. No se trata, ya, de adivinar el futuro, sino de pensar qué cosas deberían ocurrir en ese futuro para poder afirmar, razonablemente, que el mundo después del COVID-19 es un mundo distinto.
La lista de estos indicadores, al igual que los cambios pronosticados, también podría ser interminable, tanto por los tópicos que incluiría como por el grado de detalle que podría alcanzar. Pero, bueno, por algo hay que empezar. Nosotros proponemos observar dos dispositivos de nuestra cultura que podrían ser indicativos de cambio o continuidad civilizatoria, y nos darían ciertas pistas para ilusionarnos o desesperarnos con la deriva de las cosas humanas.
El primero: ¿la salud humana seguirá siendo una mercancía o se transformará en un servicio universal? ¿El descubrimiento de la vacuna contra el COVID-19 será un inmenso negocio para el laboratorio o país que la produzca primero o será compartido para que todos los países puedan producirla y administrarla a su población? ¿Cada ser humano recibirá una calidad de servicio de salud acorde a su capacidad económica o toda persona accederá al mismo nivel de excelencia? ¿Seguirá siendo “natural” que cada cual reciba el servicio de salud que pueda pagar o resultará inadmisible que la mayoría de los miembros de la especie no puedan beneficiarse con los adelantos que la propia especie ha producido en orden a la conservación de la vida, tan inadmisible como hoy nos parecen la esclavitud, la segregación racial o la persecución religiosa?
El segundo: ¿Los ingresos de las personas dependerán del azar de conseguir un trabajo o estarán garantizados por un sistema universal de ingresos? ¿Se seguirá ignorando los efectos de la automatización en la eliminación de puestos de trabajo o se reconocerá la pérdida de eficiencia del salario como distribuidor de renta? ¿Se seguirá pensando que el que no obtiene ingresos suficientes a través del trabajo es el culpable de su situación o se comprenderá la necesidad de cambiar la codificación social de lo que hoy se considera el trabajo?
Construya usted sus propios indicadores. ¿Si cambiaran qué cosas consideraría que se ha producido un cambio en el mundo?
Ahora, si la conclusión es negativa, o sea, si luego de evaluar nuestros indicadores debemos concluir que el mundo sigue funcionando más o menos como lo venía haciendo, tampoco vamos a tirarnos por la ventana. Es bastante lógico que siete mil quinientos millones de seres humanos no podamos depositar en un ser microscópico la responsabilidad de lograr aquello que no somos capaces de hacer por nosotros mismos.
Mayo, 2020