Pensar el mundo en condiciones de pandemia, pensarnos a nosotros mismos y en relación con los otros, es una manera de reafirmar nuestra existencia cuando una serie de vínculos sociales habituales ─amorosos, laborales, económicos, intelectuales─ han quedado interrumpidos de manera más o menos abrupta.
No es, claro está, un primer pensar. Que algunas disfuncionalidades del mundo hoy nos aparezcan con más evidencia no implica que antes del COVID-19 no pensáramos el mundo. El virus no ha corrido un velo que nos impedía ver la realidad, sólo algunos aspectos de esa realidad se nos presentaron con mayor crudeza.
Deseamos que esa “visión aumentada” de nuestra propia cultura nos brinde posibilidades de superación con relación a lo que somos actualmente, pero no resulta para nada claro cómo eso sería posible.
Si intentamos reflexionar sobre cómo pensamos el presente, lo primero que notamos es que cada uno de nosotros sigue concibiendo la realidad más o menos como lo venía haciendo; desde aquel que hace el panegírico de nuestra actual civilización, hasta el que se siente en condiciones de levantar el dedo para afirmar: “yo te lo dije”.
La emergencia no ha promovido, aún, un pensamiento novedoso, superador, como producto de las restricciones que ha introducido. Quizás ese sea un dispositivo habitual del pensamiento: ante una nueva situación, cada uno desarrolla lo que ya venía pensando desde antes.
También podríamos creer que para que aparezca un pensamiento innovador se necesita más tiempo; no alcanza con unas semanas y unas cifras de infectados y de muertos, por más horrible que resulte su registro.
O, finalmente, sospechar que la categorización de estos eventos está tan enraizada en la manera actual de hacer mundo que cualquier justificación o crítica reproducirá ese mismo mundo, esas mismas ideas, esas mismas aporías.
No necesitamos elegir ni pronunciarnos sobre estas alternativas: posiblemente las tres tengan algo de cierto y algo de engañoso, y se podrían agregar otras más. Una de las más inquietante, quizás, sea la señalada por Cristopher Lasch hace ya algunos años respecto a que nadie lee a los adversarios, a los que piensan distinto. La autoafirmación que logramos en nuestras ideas a partir de leer y escuchar sólo a aquellos que piensan como nosotros parece proporcionarnos una cuota no menor de placer.
Siempre resulta gratificante encontrar confirmación de que uno estaba en lo cierto, que la manera en que pensamos el mundo es la correcta, mientras que los que no piensan como nosotros o están equivocados o tiene intereses inconfesables.
Algunos reciben las noticias de los muertos por la pandemia en los EE.UU. o en Brasil y eso les confirma los horrores a los que el neoliberalismo somete a las sociedades. Otros ven desplomarse la economía mundial y confirman así que nada es peor para la humanidad que limitar la actuación del mercado.
Pero quizás los peligros a los que nos expone la pandemia no alcanzan para que nos dispongamos a barajar y dar de nuevo: nos sentimos aún con buenas cartas en la mano para seguir en la misma partida.
¿Está en peligro la especie? Parecería que no ─al menos no por el COVID-19. De otras se ha recuperado sin antibióticos y sin respiradores y sin terapias intensivas. Quizás una vacuna venga a traer paz en este sentido, o, de a poco, la mayoría de los individuos irán haciendo defensas ante este o nuevos virus.
¿Está en peligro el “modo de vida”? Parecería que tampoco, ya que la desigualdad económica no es una causa sino una consecuencia de la desigualdad simbólica que otorga a una parte privilegiada de la humanidad el poder para preformar las pautas culturales dentro de las que se desarrolla nuestra sociabilidad.
Y los interrogantes sobre la “nueva normalidad” son interesantes como acertijos, pero, en verdad, nos remiten a disyuntivas no tan nuevas como más trabajo in situ o más teletrabajo, más educación presencial o más educación a distancia, más concurrentes a espectáculos culturales y deportivos o más espectadores a través de las pantallas.
¿Que la experiencia del distanciamiento social y un nuevo régimen para la circulación de los cuerpos van a definir nuevas subjetividades? No lo sabemos, puede ser, pero aun así desconocemos si esas nuevas subjetividades contribuirán a construir un mundo mejor o seguirán profundizando las lacras del presente.
Porque en verdad, el COVID-19 termina siendo una gran cortina de humo para el pensamiento. El problema no es la nueva normalidad, el problema es la normalidad en la que nos encontró esta pandemia y ante la cual había pocas ideas sobre cómo transformarla.
Muchos seguirán insistiendo en las ventajas del “mercado”, sabiendo o sin saber que esa prédica se orienta a defender los intereses de los más poderosos de la tierra. Otros seguirán proponiendo volver a la “sociedad de trabajo”, sabiendo o sin saber que la sociedad de trabajo capitalista brindará cada vez menos medios de vida a los seres humanos.
Entre los que esperan que la riqueza se derrame y los que imaginan que se creará con un trabajo innecesario, la nueva normalidad será la vieja normalidad. Porque, en verdad, lo que nos debemos es una discusión sobre qué es la riqueza y cómo decidimos repartirla mucho más igualitariamente.
Junio, 2020
emiliopauselli@gmail.com