Algunos sectores medios de la sociedad reflexionan, por estos días de cuarentena que obligaron a un cambio considerable en sus hábitos de vida, que quizás muchos de los consumos que realizaban habitualmente eran realmente superfluos y, más aún, que los esfuerzos a los que se sometían para mantenerlos no estarían totalmente justificados.
Si esto se transformara, así sea parcialmente, en nuevos hábitos, nuestro modelo de vida se encontraría con un importante desafío: cómo motivar a estos sectores para que vuelvan a consumir infinidad de baratijas.
La casi totalidad de los planes para recomponer la economía de la era pospandemia se basan en la idea de la recuperación del consumo. Millones de personas saldrían desesperadas a tratar de comprar bienes y servicios de los que la pandemia los habría privado y, de esa manera, el ciclo de producción, comercialización y consumo se vería restaurado, poniéndose al día con el pago de sus tributos al Rey Dinero.
Pero este sueño puede tropezar con algunas interrupciones. La primera de ella es que los segmentos sociales que sostienen el consumo pueden haberse visto, de alguna manera, empobrecidos. Más allá de que los Estados transfirieron recursos a distintas franjas de la población y de que muchas familias han puesto en juego ahorros para atravesar estos meses de relativa inactividad, no hay que subestimar el impacto que semanas o meses sin contar con sus ingresos habituales hayan tenido en el deterioro de su capacidad de compra.
Pero, en todo caso, esa situación es medianamente estimable. Lo que no sabemos es qué tan conservadoras han quedado las personas luego de enfrentar esta experiencia inesperada de aislamiento social y qué valor le otorgarán, de ahora en más, al ahorro para prevenirse de imprevistos futuros.
Y ni que hablar de la modificación que implicará esta experiencia en las conductas económicas de aquellos que reflexionen, como decíamos al principio, en construir otros patrones de consumo, vinculados a sistemas de satisfacción más sofisticados que los que proporciona el “comprar y tirar”.
Hay personas, por ejemplo, que empezaron o volvieron a cocinar. Y descubrieron, además del placer inenarrable de elaborar la propia comida, que resulta mucho más barato que comprar comida elaborada o semielaborada. No estamos hablando de reemplazar el placer de salir a comer con amigos o de tomarnos un buen vino cuando la ocasión lo amerita -para algunos casi todos los días-, sino de la experiencia humana que implica preparar una buena picada, cocinar un guiso o, para almas entendidas, amasar unos tallarines.
También esta experiencia podría afectar otros consumos, como el traslado diario en automóvil o el alquiler de una oficina para hacer lo mismo que en estos meses hicimos en nuestra casa. Podría incluir la valoración de bienes de uso que en otras condiciones reemplazaríamos por otros más nuevos que nos brindarían la misma prestación. En fin, podría, en el extremo virtuoso, dar origen a nuevas conversaciones con nuestros hijos para que aprendan a valorar de otra manera la relación entre las necesidades y las modas.
Y, en muchos casos, contando con un incentivo adicional: un nivel menor de consumo y de actividad nos ha devuelto parte del acceso a la naturaleza. No hace falta ir a ver las medusas a Venecia o las cumbres del Himalaya a la India ─que no se veían en la provincia de Punyab desde hace setenta y cinco años. Los porteños que puedan pasar por la boca del Riachuelo y miren con atención, verán en las aguas aún turbias algunos cardúmenes de peces. Muchos limeños y limeñas han descubierto por qué a sus playas se las llama “la costa verde”. Santiaguinos y santiaguinas han levantado la cabeza y se encontraron, de pronto, con la cordillera de Los Andes.
Dejar de estropear el planeta con la excusa del crecimiento y el desarrollo sería, para los planes de la economía pospandemia, algo desastroso. La denominada y aún inasible “nueva normalidad” tiene todo el aspecto de ser la vieja normalidad con barbijo.
O, dicho de otra manera, la nueva normalidad también será un territorio en disputa entre quienes consideran que el mundo es un lugar para obtener ganancias a como dé lugar y los que intentan pensar una vida posible para todos.
Emilio Pauselli, julio 2020
emiliopauselli@gmail.com