El fútbol es un deporte muy popular en la Argentina y, desde que una parte creciente de mujeres se interesa en él, lo comenta y lo juega, da lugar a metáforas inclusivas que todos y todas entendemos.
En esa categoría de metáfora entra la descripción de las políticas sociales como “las inferiores” en el fútbol, o sea, como aquellas prácticas que te preparan para jugar en la Primera División. A poco de pensar en el tema, uno se da cuenta de que en las inferiores de los clubes los que juegan son niños y adolescentes. Desde las divisiones preinfantiles e infantiles, llegando a “la novena”, hasta 14 años, “la octava”, hasta 15, y así sucesivamente.
Dicho de otra manera, las políticas sociales te prepararían para ser adulto. A las caracterizaciones más conocidas de las personas que viven en situación de pobreza como ignorantes ─deben capacitarse o formarse para el trabajo─, flojos ─deben recuperar la cultura del trabajo─, feos ─deben aprender a presentarse en un trabajo─, se le agrega esta nueva que indicaría que estar en la pobreza implica algún grado, notorio por otra parte, de infantilismo.
Y a esta noción de niños y adolescentes preparándose para jugar en primera se lo llama, a continuación, movilidad social.
Pero, hasta aquí, se trata sólo de una metáfora; tampoco hay que buscarle el pelo al huevo. Más teniendo en cuenta que las personas que viven en situación de pobreza tienen una gran ductilidad para adaptarse a distintas metáforas si a cambio se les provee algo de ayuda en su difícil situación.
Pero volviendo al fútbol, no existen solo inferiores y primera, sino categorías. En la Argentina, el ente rector del fútbol reconoce cuatro niveles, a saber: Primera D, Primera C, Primera B y Primera A. Así que, a la metáfora anterior, hay que agregarle la pregunta: ¿para jugar en la primera de qué nivel preparan las políticas sociales?
Y, créalo o no, esa pregunta también tiene respuesta desde la concepción de políticas sociales imperante, por lo menos, en los últimos cuarenta años en América Latina. Ya se ha vuelto normal, y hasta progresista, hablar de a qué trabajo se van a dedicar los varones y mujeres que viven en condiciones de pobreza: construcción, elaboración artesanal de comida, reparación de ropa, cuidados personales y reciclado, por ejemplo, para hablar de las últimas listas que se han conocido.
Nada de médicos, científicos o pilotos de avión; más bien albañiles, cocineros y sirvientas. Cuando en la Argentina, y más en general en el mundo asociado a los estados de bienestar existió la movilidad social, ésta consistía justamente en que el hijo de una familia humilde pudiera llegar a ser ingeniero o la hija recibirse de abogada.
La sociedad de castas que ha vuelto a imponer el neoliberalismo no sólo incluye una determinada distribución del ingreso y una desigualdad creciente, sino también una generación de ideas que pasan como de sentido común, que se enquistan en las academias y que hacen suyas los gestores políticos que deben planear y ejecutar políticas sociales.
Se toman palabras que evocan otros modelos de sociedad, como trabajo, movilidad social, educación, y se las resignifica en la era neoliberal aun por parte de movimientos y personas que se enfrentan a esa deriva del mundo. No es que quienes utilizan estas metáforas no deseen un mundo mejor, sólo es que el aparato conceptual del que disponen para pensar el mundo es el mismo que modela la civilización a la que quieren cambiar.
Imaginemos que esas políticas son eficientes y ese pobre-niño llega a la primera de Claypole, que juega en la Primera D, categoría prácticamente amateur. ¿Cómo hará para llegar a jugar en Lanús, Boca o el Barcelona? Y allí se completa la teoría: eso depende del mérito, porque vio, Messi hay uno solo. Si es muy bueno, ya lo irán a buscar; descubrirán detrás de ese albañil a un biólogo que revolucione el mundo de las vacunas o detrás de esa costurera a una física que ponga patas para arriba nuestro conocimiento sobre el universo.
Porque, ¿vio? El mercado es así, no se va a perder esas oportunidades.
emiliopauselli@gmail.com
Julio, 2020