Sobre la desigualdad social se han escrito muchos trabajos durante las últimas décadas. Algunos, los menos, elogiando tal desigualdad como motivadora del ansia de superarse que debería anidar en cada ser humano. Los más, preocupados por el tipo de sociedades que tales desigualdades generan, amplificando todos los problemas sociales que aquejan a nuestra cultura.
¿Cuál de esos problemas quiere elegir? Tomemos, por ejemplo, la inseguridad: no se encuentra relación entre la falta de seguridad y la pobreza o riqueza de los países, tampoco entre aquella y el nivel educativo de la población, la misma falta de relación se observa entre inseguridad y creencias religiosas o entre aquella y desarrollo tecnológico. Pero, si se relacionan los niveles de inseguridad con los niveles de desigualdad, estas dos curvas se acompañan con devoción: a mayor desigualdad las sociedades se tornan más inseguras, cuenten con la riqueza que cuenten.
De poco valen los cientos de declaraciones de organismos internacionales, gobiernos, líderes políticos, sociales y religiosos sobre que la igualdad entre los seres humanos está entre sus objetivos más importantes. Y valen poco porque, mientras tanto, seguimos construyendo la sociedad más desigual de las conocidas en la historia humana.
Estas incongruencias hacen incomprensibles muchas medidas que se toman para mejorar la vida social por la sencilla razón de que se trata de mejoras para los que viven “en el piso de arriba”, pero que son totalmente extrañas a los habitantes del piso bajo. Lo mismo ocurre cuando alguna decisión se orienta a evitar mayores problemas “en el piso de abajo” y los del piso de arriba se preguntan perplejos: ¿eso hacen con mis impuestos?
Por ejemplo, ¿cómo pueden interpretar la buena noticia de que no se cobrará impuesto a las ganancias a los sueldos de hasta ciento cincuenta mil pesos los millones de conciudadanos que ganan treinta mil pesos o menos? ¿O cómo deberá entenderse el aumento que llevó la jubilación mínima de diecinueve mil pesos a veinte mil en contraste con las jubilaciones de cuatrocientos, quinientos u ochocientos mil pesos que cobran algunos otros? ¿Qué tiene en común el desasosiego del que ya no puede ir con menos de veinte mil pesos al supermercado con la de aquel que cuenta con esa suma para cubrir todo su presupuesto?
Y no nos estamos refiriendo a aquellos que habitan en el subsuelo, a los que no tienen trabajo, a los que viven en la calle, a los que ya no son sostenidos por las redes tradicionales de la solidaridad social. Nos referimos a la “gente normal”, la que sale todos los días de su casa rumbo a su trabajo, a la que se jubiló después de laborar toda la vida, a la que tiene un oficio y vive de él.
Cada vez es más difícil encontrar los aglutinantes de algo que fue la Argentina, donde los nativos mejoraban su condición de vida de generación en generación, los inmigrantes de allende los mares venían a “hacerse la américa” y los de los países limítrofes a buscar trabajo, educación y salud. No alcanza para construir una identidad con la chacarera y con el tango. Se murió Maradona. Entre el piso de arriba y el piso de abajo no funcionan ni los celulares.
Ante esta doble Argentina, la derecha política –llamada impropiamente neoliberalismo– nunca dijo, ni dice, nada. Todo su programa político parece concentrarse hoy en hablar mal de las vacunas y del plan de vacunación, y mañana en cualquier otra cosa que crea le pueda acercar votos.
Mientras tanto, el social liberalismo –llamado impropiamente populismo– considera su objetivo la lucha contra el hambre. Es difícil no estar de acuerdo con esa aspiración, aunque una de las condiciones para alcanzarla es que cada uno siga comiendo en su piso, trabajando de lo que se trabaja en su piso y accediendo a los consumos reservados para su piso.
Hasta el discurso del mérito palidece y pierde eficiencia a la hora de justificar las desigualdades sociales que, dicho sea de paso, no son sólo de ingresos: la principal asimetría, si hubiera que elegir una, sería posiblemente la desigualdad de oportunidades, dando por tierra con la ficción que justifica nuestra manera de vivir.
Porque en la Argentina de los dos pisos la movilidad social ascendente es un error que sólo se comete de vez en cuando. Las escaleras están rotas y el ascensor del trabajo ha dejado de funcionar hace rato.
Junio de 2021