Para pedir, hay que pedir bien

Muchas voces han alertado sobre el papel ambiguo de las finanzas en nuestra actual civilización. Desde Stiglitz hasta Piketty, se ha señalado que la posibilidad de obtener las mayores ganancias de manera independiente del trabajo y de la producción de bienes y servicios constituye un gran riesgo para el mantenimiento de una economía sana.

Esta posibilidad del dinero produciendo dinero –la forma de vida más antinatural, ya avisaría Aristóteles– no sólo contribuye a la construcción de sociedades más desiguales sino que alienta el parasitismo como forma exitosa de vida.

Claro que para sostener la apariencia de que esto es normal es necesario apoyarse en una constelación de valores cotidianos que la hagan posible y en desalentar cualquier otra forma de circulación del dinero que no produzca ganancias.

Así han sido perseguidas muchas experiencias de moneda alternativa y desalentadas prácticas de ahorro autogestionado de particulares o comunidades. Por el contrario, el pago de interés por la utilización del dinero ha logrado incorporar hasta segmentos pobres de la población, por ejemplo a través del microcrédito o de ciertos créditos de consumo.

Esta civilización de las ganancias financieras está en las antípodas de la cultura de la ayuda mutua, la solidaridad y el bien común. Estos valores son reemplazados por el individualismo, el sálvese quien pueda y las ganancias particulares.

Por estos días, en la Argentina, una entidad financiera publicita sus créditos prendarios con el siguiente eslogan: “Si le pedís plata a un pariente para comprarte el auto no te quejes cuando te pida que lo lleves”. Es una buena síntesis del mundo que privilegia las ganancias financieras sobre cualquier otra forma de relación económica que, dicho sea de paso, es sólo una relación entre seres humanos.

Pedirle dinero a un pariente resulta algo malo porque ello puede generar obligaciones de reciprocidad que no estoy dispuesto a cumplir. ¿Por qué yo debería utilizar mi auto para otro fin que no sea mi propio disfrute? ¿En qué cabeza cabe que deba transportar a otra persona cuando lo necesite?

La máxima en que se fundamentan estos valores es clara: todo lo que no sea mi goce personal es un abuso. Si yo abuso de mi pariente solicitándole ayuda, en este caso dinero para comprar mi auto, es esperable que luego él abuse de mí solicitándome, en determinadas circunstancias, que lo transporte. Para cortar de raíz con esa cadena de abusos lo mejor es ir al banco y pedir el préstamo promocionado.

Mi amigo Miguel, hace ya muchos años, me prestó ochenta pesos para comprarme una terraja, herramienta imprescindible para realizar unos trabajos que me habían surgido. No creo que él haya pensado en ese momento que cuando necesitara roscar un caño tendría la ventaja de solicitármelo, más bien creo que él disponía de ese dinero y que le dio gusto ayudar a un amigo, como quizás al sujeto imaginario de la publicidad podría darle gusto transportar al pariente que lo ayudó.

La publicidad mencionada, por el contrario, dice que cualquier circulación de dinero que no le deje ganancias a esa entidad bancaria –o, por extensión, a cualquier otra– será algo malo por principio, acarreará consecuencias desagradables y nos hará esclavos de nuestros amigos o familiares.

En fin, no estamos seguros si el cambio de valores lleva al cambio de las reglas de juego o si, por el contrario, es necesario cambiar las reglas de juego para que florezcan relaciones humanas más ricas, más racionales y más sostenibles. Pero de lo que no tenemos dudas es que esta civilización languidece desde el momento en que lo único aceptable es la obtención de ganancias financieras que, dicho sea de paso, es sólo una manera de relación entre seres humanos.

Julio, 2021

emiliopauselli@gmail.com

Ir hacia arriba