El virus: la variante de América Latina

No se sabe a ciencia cierta si se trata de una nueva cepa –por ahora no hay constancias biológicas que lo confirmen– pero no existen dudas que sus efectos son devastadores, tanto es así que mientras la región concentra el 8 % de la población mundial ya ha aportado el 32 % de las muertes causadas por la pandemia en curso.

Es posible que la existencia de líderes que consideran la pandemia de COVID-19 como una “gripezinha” o una “gripe más fuerte” a la que no hay que dar mayor importancia haya contribuido a la acción letal del virus. Este negacionismo probablemente confundió a parte de la población e impidió que los gobiernos tomaran medidas más enérgicas para el control de la situación.

Tampoco se puede descartar que a este resultado haya contribuido la falta de control, por parte de las autoridades públicas, del cumplimiento de las medidas adoptadas. Pareciera que las normas sobre la circulación de las personas y su entrada y salida de países y jurisdicciones no contaron, en muchos casos, con más reaseguro que la comprensión y la buena voluntad que las personas pudieran dispensar a esas normas. Así, de los aeropuertos a las casas y de allí a los lugares de trabajo, el virus parece haber encontrado condiciones óptimas para reproducirse.

No hay que subestimar tampoco el aporte que algunos comunicadores han hecho a los amplificados efectos de la variante América Latina del virus con la insistencia –quizás siguiendo sus creencias, obedeciendo a sus contratantes o buscando rating– con la que difundieron ideas tales como que las vacunas serían de veneno o que, justamente las vacunas disponibles, eran de la peor calidad por el hecho de ser fabricadas en China o en Rusia.

También parece aportar a esta consecuencia, tan letal en la región, cierto fracaso social a la hora de modificar conductas, sobre todo ante la necesidad de exhibir comportamientos colectivos uniformes. Mientras la mayoría de la sociedad adoptó las medidas sugeridas para controlar la expansión de la pandemia, otros las ignoraron o las interpretaron a su manera promoviendo desde inocentes aunque contagiosas reuniones familiares hasta multitudinarias fiestas clandestinas.

Pero, siendo todas estas teorías muy plausibles, encuentran dificultades a la hora de ofrecer una explicación suficiente del fenómeno indicado. ¿Por qué no podríamos confiar totalmente en estas razones? Principalmente, porque en el resto del mundo también existieron líderes negacionistas, controles insuficientes sobre el cumplimiento de las medidas adoptadas, discursos antivacuna y dispar reacción ante medidas como el aislamiento social, sin por ello alcanzar las consecuencias que el virus ha tenido en la región.

Entonces, a la hora de buscar explicaciones más específicas, aparece ante nuestros ojos que América Latina es una de las regiones más desiguales del mundo, que cuenta actualmente con 210 millones de personas en situación de pobreza y 80 millones en situación de pobreza extrema. También es la región del mundo con el mayor peso de la deuda externa, la que alcanza el 56 % de su PBI y cuyo servicio equivale al 59 % de sus exportaciones.

En contraste, la lista de Forbes registra a 102 latinoamericanos con fortunas superiores a los mil millones de dólares. La histórica matriz colonial de la región, consolidada a pesar de los procesos de independencia política de la mayoría de nuestros países, nos muestra una elite tan capaz de acumular y ampliar sus ganancias como incapaz de desarrollar una estrategia de inserción en el mundo que permita una mejor condición de vida a los habitantes de la región.

Y esta realidad, la de una región pobre y desigual, nos parece estar mucho más cercana a la verdad a la hora de explicar el funcionamiento de esta variante del virus. Claro que para curar a América Latina no será suficiente con una vacuna.

Julio, 2021

emiliopauselli@gmail.com

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