El mercado olímpico

Los amantes del deporte hemos vivido emociones diversas en estos días de cita olímpica en Tokyo. Un año después de lo previsto y con limitaciones tanto en la preparación como en el desempeño de los atletas debido a la pandemia del COVID, finalmente la televisión nos acercó las imágenes de varones y mujeres compitiendo en las más diversas disciplinas.

El medallero olímpico moderno se organiza a partir de los países de pertenencia de los deportistas, aunque esta última categoría se torna cada vez más relativa. Por ejemplo, en tenis de mesa participaron 44 jugadores chinos, pero sólo seis lo hicieron por China; el resto fueron columna vertebral de equipos de tenis de mesa que representaban a otros países.

Los cubanos exportan boxeadores y volleybolistas, los africanos corredores, varios países futbolistas. Otro caso de travestismo deportivo lo constituyen los atletas que viven y entrenan en un país, por ejemplo, Estados Unidos, y descubren la existencia de una abuela nacida en alguna otra parte del mundo donde el nivel competitivo es muy inferior lo que les permite –gracias a su recién nacido sentimiento patrio– participar en el evento olímpico.

La disponibilidad de atletas de excelente nivel en un mercado nacional hace posible la exportación de éstos a países donde el nivel de ese deporte es sensiblemente inferior y la capacidad económica sensiblemente superior. La posibilidad de contratarlos y mejorar los resultados olímpicos de ese país hace el resto.

Lejos, muy lejos, quedó el deporte olímpico como expresión del amateurismo. Tampoco se espera de él la comparación de destrezas entre personas comunes: se trata de una reunión de super atletas, lo que se llama eufemísticamente la elite del deporte. El poderío económico, la publicidad, el control de los medios de transmisión de esos eventos, entrelazados con los intereses de las marcas de ropa, calzado e implementos deportivos, todo eso hace del deporte olímpico un negocio exitoso.

En la maratón de varones, prueba emblemática si las hay, la medalla de oro la obtuvo Kenia, la de plata Países Bajos y la de bronce Bélgica. Pocos metros antes de la meta estos dos últimos venían en tercero y cuarto lugar. En ese momento el corredor de Países Bajos le hace señas al corredor de Bélgica para que se apresure; insistentemente lo alienta con su mano a que acelere el paso, tal como él mismo lo hace. El resultado fue que lograron adelantar al maratonista que hasta ese momento venía en segundo lugar y, al cruzar la meta, segundo y tercero se fundieron en un prolongado abrazo.

Esa demostración de fraternidad entre el corredor neerlandés y el belga los mostraba como si fueran realmente compatriotas. ¿O realmente lo eran? Efectivamente, por esos países corrieron la maratón Abdi Nageeye y Bashir Abdi, ambos somalíes.

El resumen es que, así como los países más ricos obtienen materias primas a bajo precio, de la misma manera obtienen atletas y prestigio olímpico.

Claro que todo eso sucede en un marco de legalidad, ya que esos atletas se han nacionalizado para poder representar a sus países de adopción. También ocurre, muchas veces, en un contexto de bondad: esos países ofrecen al atleta condiciones de vida y entrenamiento con los que quizás no hubiera contado en su país de origen.

Lo que contrasta es la facilidad con la que estos seres humanos logran insertarse en esas sociedades, a diferencia de los miles de personas que quieren hacerlo sin ningún éxito. Las fuertes barreras a la inmigración caen como las murallas de Jericó cuando suenan las trompetas del negocio.

A pesar de esta deriva que, crecientemente, hará inadecuado un medallero olímpico organizado por países, esos super atletas cuando ganan lloran de alegría y cuando pierden lloran de tristeza. Probablemente con esas lágrimas afloran, por sobre la superficie de una civilización empobrecida que reduce todos los vínculos humanos a relaciones de mercado, las múltiples posibilidades que anidan en los pliegues de cada alma humana cuando logra desembarazarse, así sea por un minuto, del asfixiante envoltorio de la sociedad de consumo.

Agosto, 2021. emiliopauselli@gmail.com

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