Ser pobre, ¡es muy caro!

Hay distintas definiciones sobre qué sea la pobreza y distintas maneras de medirla. La más conocida es la pobreza por ingresos: se establece un umbral de pobreza y todo el que tenga ingresos por debajo de ese umbral es considerado pobre.

Pero puede ocurrir que alguien no sea pobre por ingresos, pero sus necesidades básicas –vivienda, agua potable, servicios sanitarios, salud, educación– no estén satisfechas. El primer enfoque mediría una pobreza friccional mientras que el segundo una pobreza estructural.

La tercera manera de medir la pobreza es la llamada “multidimensional”. La medición multidimensional de la pobreza agrega al ingreso y a las necesidades básicas, el ejercicio de derechos: acceso a justicia, disfrute de un ambiente sano, protección contra la violencia, libertades políticas y otros. Las mediciones multidimensionales de la pobreza encargadas por la ONU a prestigiosas consultoras norteamericanas dan, para América Latina, que entre un 60 y un 70 % de la población se encuentra en situación de pobreza.

Pero, de forma independiente a cómo se conceptualice la pobreza, lo que es una constante es que ser pobre es muy caro.

En primer lugar, porque acceden a los bienes y servicios elementales a un precio más elevado del que lo hace la población no pobre. Mientras esta última puede realizar compras a precios mayoristas, acceder a beneficios y descuentos relacionados a su poder adquisitivo y planear sus consumos de acuerdo a su flujo de ingresos, en gran medida previsibles, las personas pobres absorben los costos de la minorización, difícilmente pueden planear sus consumos y, en muchos casos, son víctimas de redes de abuso comercial que justamente fijan su interés en este tipo de población dadas sus pocas posibilidades de hacer valer sus derechos como consumidores.

En segundo lugar, porque las necesidades básicas insatisfechas se resuelven a elevados costos. Esto incluye desde el precio del gas envasado –muy superior al que abonan los que están conectados a una red de gas natural– hasta el valor de los alquileres que deben abonar los que no tienen vivienda propia. Muchas personas que no son pobres por ingresos viven en situación de pobreza por alguna de estas carencias estructurales. ¿Cómo se compadece un salario mínimo de 210 dólares –o un salario promedio de 360– con alquileres de viviendas populares que oscilan entre 200 y 350 dólares?

En tercer lugar, porque hay servicios a los que las personas pobres no pueden acceder aunque tengan la posibilidad de pagarlos. Esto último parece increíble, ¿no? Si vivimos en una sociedad de mercado, con dinero todo se compra: sí, pero más caro y fuera de la ley.

Muchas normativas se establecen pensando en la existencia de una sociedad ideal y, contrastadas luego con la sociedad real, implican nuevas limitaciones para las personas que viven en situación de pobreza. Daremos un ejemplo relacionado con el sistema financiero: en este momento en la Argentina la compra de dólares exige la acreditación de la moneda extranjera en una cuenta bancaria, pero éstas sólo se habilitan a partir de un suelo de ingresos al que la mayoría de la población no accede.

¿Cómo? ¿Los pobres compran dólares? ¿Qué clase de pobres son que no gastan todos sus ingresos en comida? Este estereotipo recorre muchas mentes que, en otros aspectos, exhiben un mucho mejor desempeño. Los últimos 70 años de historia económica en la Argentina muestran que, si debes hacer una reserva para una necesidad futura, como puede ser, por ejemplo, atención de la salud, migración por trabajo o reserva para educación de los hijos, el dólar es una de las opciones más confiables; pero no es así para los pobres, estos deberán dirigirse al mercado negro de divisas y comprarlos en forma ilegal y más caros que el resto de la población.

Otro ejemplo: una persona que trabaja en relación de dependencia aporta de su salario a la seguridad social y a ello se agregan los aportes patronales; una persona que trabaja por su cuenta de manera estable paga mensualmente el llamado monotributo en el que va incluido el aporte previsional y el seguro de salud; pero una persona que vive de changas inestables no tiene manera de acceder a la seguridad social, salvo que mes a mes pague el monotributo así no haya contado con ningún ingreso. Para esta última persona trabajar es más caro que para todas las demás.

La solución sería muy sencilla y ya se ha implementado en la Argentina: se llamó monotributo eventual. Primero hubo que interpretar si lo eventual era la actividad o el trabajo, pero antes de que se pudiera dirimir ya se derogó porque “recaudaba poco”; o sea, los pobres debían haber hecho un esfuerzo mayor para considerar viable un mecanismo sencillo que, en el fondo, lo que decía era que cuando obtenías ingresos aportabas y cuando no lo lograbas no.

Mire a su alrededor y busque sus propios ejemplos: los encontrará a puñados.

En fin, que cualquiera sea la conceptualización de la pobreza a la que se adhiera, la realidad de nuestras sociedades es que en ellas todo funciona de manera tal que los pobres tienen muchas posibilidades de ser cada vez más, y cada vez más pobres, porque, no lo olvide, ser pobre ¡sale caro!

Agosto 2021. emiliopauselli@gmail.com

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