En la Argentina, por estos días, se viene realizando la campaña electoral con vistas a las Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias –PASO–. Concurren a ellas agrupaciones políticas oficialistas y opositoras, algunas de las listas pueden ser consideradas más cercanas a la derecha y otras a la izquierda, alternan candidatos conocidos por su desempeño público con otros que aspiran a ser electos por primera vez.
Pero dentro de esa diversidad se pueden clasificar los mensajes electorales en dos grandes grupos: los que solicitan el voto para llevar adelante sus proyectos y aquellos que se proponen como alternativa para que no gane otro.
Dentro del primer grupo se alinean numerosas agrupaciones que bregan por sus ideales, sean éstos la creación de fuentes de trabajo, la baja de los impuestos, la libertad de mercado, el control del mercado, la reinstalación de la penalización del aborto, la ampliación de la educación pública, o tantas otras visiones que se expresan en propuestas –no muchas– más o menos concretas.
Dentro del segundo grupo se encuentran aquellos que solicitan el voto para terminar de una vez con la vigencia de determinadas identidades políticas a las que se acusa de la ruina de la patria. Éstas compiten entre sí de manera extraña, ya que la diferenciación entre ellos no tiene relación con lo que proponen sino con que serían los más indicados para impedir el triunfo de alguna otra propuesta.
El primer tipo de apelación a la ciudadanía parece más propicio para el intercambio de ideas y, con algo de buena voluntad, permitiría trascender de ciertos slogans a la propuesta ética que cada constelación política encarna. Sería para las denominadas “jóvenes democracias” como la nuestra un ejercicio a la vez de civismo y aprendizaje.
El segundo tipo de apelación –“¡vóteme para que no gane fulano que es de lo peor!”– además de derramar la sospecha de cierta oquedad mental que acompañaría al candidato que lo propone, hace del miedo el principio de regulación de la democracia. Enumeradas las propuestas políticas peligrosas, se trata de convencer a la mayor cantidad de votantes posibles de la necesidad de evitarlas. ¿Por qué se trataría de un peligro? No se sabe bien. ¿Por qué los que no coinciden con mis ideas son peligrosos? Tampoco. ¿Es posible una democracia donde sólo participen los “buenos”? Sería difícil ponerse de acuerdo para designar quién expediría el certificado de bondad.
Claro que no se trata de un problema cognitivo. Son, en verdad, distintas estrategias electorales que expresan diferentes valoraciones de la democracia como sistema político.
Mientras los que intentan proponer ideas están más cercanos al sentido original de la palabra democracia, que el pueblo decida qué camino quiere seguir, los que utilizan estrategias de miedo parecen más vinculados a la posibilidad de manipular a parte de la opinión pública asustándolos con algún peligro inminente.
Los primeros intentarían demostrar que sus ideas son más valiosas, cualquiera sea su orientación política, y lograr así el voto de sus conciudadanos a los que consideran, en principio, razonables y posibles de convencer de los valores que encarnan sus propuestas.
Los segundos parecen querer mostrar al adversario como peligroso e indeseable, alguien execrable y digno de odio. Y el odio es uno de los sentimientos más renovables que hay: siempre se puede culpar a alguien de todos los problemas y hacerlo odiable de esa manera, sin necesidad de plantear una discusión seria de cómo resolverlos.
Quizás la democracia pueda, en algún futuro, establecer que en las campañas electorales sea obligatorio explicar a los potenciales votantes las propias propuestas y no esté permitido descalificar al otro. Claro que, para ello, habrá que aceptar que la ausencia de obligaciones no equivale a libertad política.
Septiembre, 2021. emiliopauselli@gmail.com