Días pasados, en un partido de fútbol transmitido por televisión, un jugador entra al área y el defensor, ante la imposibilidad de detenerlo, lo sujeta de la camiseta. El árbitro, atento, cobra el penal. El que cometió la infracción, resignado, mira hacia el piso, mientras algunos de sus compañeros ensayan una inútil protesta.
Hasta aquí, el evento no parece presentar ninguna dificultad para su interpretación, aunque eso deja de ser así cuando el comentarista televisivo afirma que el árbitro se equivocó y que la jugada descrita no fue penal.
El director, queriendo colaborar o quizás con sentido del humor, reitera una y otra vez la jugada que, además de mostrar la clara infracción, da cuenta de la excelente calidad de la camiseta que, a pesar del duro estirón, no sufrió ningún daño.
Ante la repetición, el comentarista asevera que esa sujeción no era suficiente para que el delantero se caiga al piso. Esa afirmación puede deberse, claro está, a cierto desconocimiento del reglamento, el cual considera falta todo tipo de sujeción de la casaca del adversario, aunque éste no termine de trompa contra el césped.
Pero aun aceptada esa carencia cognitiva del periodista, se presenta una dificultad de orden más general: si el reglamento fuera como él cree que es, habría que dotar a los árbitros de un sujetómetro que les permitiera saber si el agarrón de marras amerita el desparramo del player contrario.
El partido sigue su curso y, cada tanto, el director vuelve a repetir la jugada del penal. En cada una de esas ocasiones el comentarista va agregando argumentos complementarios: “la sujeción fue mucho más sutil que otras sujeciones”, “hay agarrones como ese que no se cobran”, “ese forcejeo es una instancia normal del juego”.
El partido finaliza y él cierra su comentario afirmando: “El marcador se abrió a partir de un penal mal cobrado por el árbitro”, por lo que cualquiera que no haya visto la jugada quedará convencido de la injusticia cometida.
Claro que esta anécdota no tendría la menor trascendencia si no reflejara la impunidad con la que pueden manejarse personas poco preparadas cuando pueden estar detrás de un micrófono.
Pero ya no resulta tan gracioso ni inofensivo cuando un periodista afirma que se ocuparán de la educación fuerzas políticas que cuando gobernaron cerraron ese ministerio, o de la salud aquellos que atacaron abiertamente todas las medidas tomadas para controlar la pandemia de Covid-19, o que un gobierno contrajo deuda en dólares cuando –además de no hacerlo– pertenece a una fuerza política que históricamente ha pagado las deudas adquiridas por otros gobiernos, o que resolverán el tema de la deuda externa aquellas fuerzas políticas que la han generado.
Nadie imagina que un médico que ejerza mal su profesión esté haciendo uso de su “libertad médica”, ni que exista una “libertad ingenieril” que justifique la construcción de puentes que se derrumben al ser usados. En el mismo sentido, parece una interpretación aviesa pensar que la “libertad de prensa” consiste en poder decir cualquier cosa sin ninguna responsabilidad o consecuencia.
Una práctica que se ha vuelto común en nuestras sociedades es la aparición permanente de las llamadas “fake news”. Estas “noticias falsas” recrudecen en especial en épocas electorales, con la clara intención de favorecer o deteriorar la imagen de algún candidato o grupo político. Lo que llama la atención es que sus generadores y difusores no sufran ninguna consecuencia, a pesar del daño que hacen a toda la sociedad.
Bueno, quizás las fake news no perjudiquen a todos. Como ya se sabe desde principios del siglo XX, la libertad de empresa no se lleva bien con la libertad de prensa. ¿Se imaginan a un locutor explicando que la hamburguesa que promociona es perjudicial para la salud o que las promesas de sexo y felicidad asociadas a esa bebida alcohólica son falsas?
¿Se imaginan a un periodista diciendo que el jugador con el que simpatizan los accionistas del medio de comunicación donde trabaja cometió una grosera falta dentro del área, tan grosera que ahora los argentinos tenemos que atajar cuarenta y cinco mil millones de penales?
Nada de eso, no sea paranoico, sólo se trató… de una “sujeción sutil”.
Noviembre de 2021.
emiliopauselli@gmail.com