La verdad: una cuestión de piel

En una ocasión, mientras coordinaba un taller formativo, noté que los participantes comenzaban a mirarme de manera extraña. Finalmente, alguien me sacó del asombro haciéndome una seña. Miré mi camisa y observé, con sorpresa, que una mancha de sangre se extendía, lenta pero constante, por la tela.

La dermatóloga me explicó que era una clase de algo que se curaba con algún tipo de cauterización. Aprovechó la ocasión para revisar el resto de mi cuerpo y tomar algunas decisiones de cortar, extraer y electro coagular otros algos que también se habían hecho presentes.

Mi pregunta no se hizo esperar: ¿cómo haría yo para identificar cuándo algún evento de mi piel requería atención médica? La respuesta me pareció llena de sentido: “Usted no puede saber lo que a mí me llevó años estudiar, así que venga todos los años y yo lo reviso”.

Así hice los últimos veinte años. La mayoría de las veces, después de la consulta, me decía: “Lo espero el año que viene”. Otras, me indicaba algunas prácticas para evitar “problemas futuros”. Cuando esa dermatóloga inicial se retiró de la profesión, otros profesionales me siguieron brindando la misma cuidada atención anual.

Hasta que cambié mi seguro de salud a uno que no paga por prestación. La profesional del caso me preguntó que qué problema tenía. Le dije que concurría a mi revisación anual. Allí me fue explicado que ella no era la responsable de revisar mi piel, sino que el responsable era yo. Que cuando tuviera algún lunar que sangrara o creciera desmesuradamente en poco tiempo, que entonces concurriera a solicitar atención. Y, por supuesto, no me revisó.

Quedé perplejo. Me cuesta creer que durante veinte años diversos profesionales de la salud me hayan tenido engañado sólo para percibir su bono anual que, siempre creí, habría de ser de un modesto valor.

Tampoco tengo motivos para pensar que una especialista madura que trabaja en una antigua institución no me revise porque no tiene el incentivo del bono.

Cuando estaba averiguando sobre el próximo congreso de dermatología, al que pensaba dirigirme humildemente para que dijera cuál era, finalmente, la verdad, caí en la cuenta de que ambas verdades convivían en nuestra sociedad.

A una la podríamos llamar “la verdad del cuidado del otro”. Esta verdad supone que el otro necesita ser cuidado y, lo que es más importante aún, que lo merece.

A la otra la podríamos llamar “la verdad de que cada uno se cuida a sí mismo”. Esta verdad supone que los individuos deben arreglárselas por su cuenta y que sólo una desgracia justifica que se ponga en marcha alguna actividad remedial.

Esa desgracia podría consistir en ser pobre, estar enfermo, sufrir violencia familiar o alguna otra clase de calamidad.

La verdad “del cuidado del otro” se ocupará, entonces, de intentar un reparto más equitativo de la riqueza, de prevenir enfermedades o de educar en el respeto del otro.

La verdad “de cada uno se cuida a sí mismo” no se ocupará de los que viven en situación de pobreza –en el mejor de los casos dispondrá otorgarles un limitado subsidio temporario–, brindará servicios médicos a las personas una vez que estén enfermas o atenderá a las personas que sufran violencia familiar –por lo general mujeres y niños– una vez que hayan sido golpeados.

La verdad “del cuidado del otro” entenderá, entonces, que serán sujetos de cuidado todos los seres humanos.

La verdad “de cada uno se cuida a sí mismo” entenderá, por su parte, que los sujetos de cuidados serán sólo los fracasados.

Así que, en mi próxima elección de especialista en dermatología deberé encontrar la manera de saber a cuál criterio de verdad responde, porque, más allá de las diferencias, queda claro que, la verdad, es una cuestión de piel.

Noviembre de 2021. emiliopauselli@gmail.com

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