La libertad: ese oscuro objeto del deseo

La idea de libertad, aunque presente problemas para su definición desde hace siglos, sigue siendo uno de los bienes más preciados por las civilizaciones humanas. Liberté, Égalité, Fraternité sigue resonando desde el siglo XVIII. Por la libertad luchaba Espartaco. Por la libertad lucharon los patriotas americanos. Aún es necesario luchar por la libertad religiosa en muchos lugares del mundo. La libertad de elección de identidad sexual sigue sufriendo fuertes ataques. La libertad de tener una vida digna le es negada a millones de pobres e indigentes en un mundo crecientemente desigual. En fin, que sea lo que sea, la libertad sigue formando parte de los principales desiderátums humanos.

Días pasados, regresando de la costa atlántica en un transporte de larga distancia, me tocó presenciar un intercambio de opiniones que me resultó de lo más instructivo, donde volvió a aparecer el tema de la libertad.

Uno de los conductores del transporte recuerda, a pedido de uno de los pasajeros, que todos deben utilizar sus barbijos bien colocados, cubriendo mentón y nariz, durante todo el viaje. Dando cuenta de cierta incomodidad por tener que ratificar ese mensaje, teniendo que asumir responsabilidades un tanto alejadas de su oficio de conductor, completa su pedido con la expresión: “Somos todos grandes”, haciendo clara alusión a la responsabilidad individual de cada uno.

Retirado el conductor, en uno de los asientos contiguos escucho el siguiente diálogo:

–Somos todos grandes, pero nos dicen lo que tenemos que hacer.

–Ya no tenés libertad ni para decidir cuándo usar barbijo y cuando no.

Esas expresiones no son para nada baladíes, por el contrario, expresan una idea de libertad que viene creciendo en parte de nuestras sociedades y que, además, cuenta con expresiones políticas que la defienden y solicitan su voto al ciudadano.

La característica de esta idea de libertad es que entiende que toda limitación al deseo individual es una limitación a la libertad. Esta interpretación, además de desconocer los procesos reales de construcción de la cultura humana, ignora algo que aún los contractualistas más liberales –John Rawls, para ejemplo– no pondrían en duda: la libertad sólo existe en una comunidad que acepta reglas.

Esa persona, la del micro, ejerce su libertad al momento de elegir viajar en un medio de transporte que exige el uso obligatorio de barbijo. El uso del barbijo resulta ser, entonces, no una limitación a su libertad sino el resultado del ejercicio de su libertad. Podría haber viajado en un medio propio o alquilado y ejercer así su libertad de no utilizar barbijo. Pero desde el momento que se es parte de la tribu, es necesario aceptar las decisiones de la tribu. Eso no es perder la libertad, eso sólo es actuar inteligentemente.

Extendiendo el razonamiento de que la libertad es hacer lo que uno desea, si se aceptara que los automovilistas, por ejemplo, pudieran circular a contramano, eso terminaría con la posibilidad misma de transportarse por las rutas. Al no hacerlo, al reprimir su deseo de pasarse a la mano contraria para avanzar a otro vehículo, acepta las reglas de la tribu: la tribu argentina decide circular por la derecha y la tribu británica decide circular por la izquierda, son decisiones absolutamente contrarias, pero en ambos casos se hace necesario respetar esas decisiones. Eso termina siendo bueno para uno y para los demás.

Nuestra cuota de libertad humana está construida sobre una serie de prohibiciones, como no matar o no robar, pero también sobre otra serie de limitaciones que establecemos de acuerdo a lo que creemos será más conveniente para la vida en común –vida en común que, dicho sea de paso, es la única vida a la que podemos acceder.

Si los organismos autorizados para hacerlo decidieran, por ejemplo, la necesidad de pase sanitario para concurrir al trabajo o a la escuela, eso no afecta la libertad de no vacunarse, sólo indica en qué ámbitos sociales podrán circular aquellos que hagan uso de aquella libertad.

No todas las normas que establece la tribu son inteligentes ni beneficiosas, y es legítimo y hasta obligatorio luchar por modificar aquellas que responden a intereses de minorías, que se basan en prejuicios incomprobables o que responden a otros momentos de la historia o la sociedad. Pero pensar que esas limitaciones de las normas se resuelven abogando por el “ejercicio irrestricto de mi libertad individual” es, no sólo ingenuo, sino peligroso: detrás de esa idea de libertad sólo nos espera una sociedad mucho más violenta aún que la actual.

Porque, antes de la tribu, no había nada humano, y después, tampoco.

Enero de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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