Poco menos de dos años atrás, a las nueve de la noche, las personas se acercaban a las ventanas para aplaudir al personal de salud. Pasado ese tiempo, ahora se lo agrede a trompadas cuando su esfuerzo no alcanza a cumplir con las expectativas de los pacientes o, simplemente, de alguien que debe esperar demasiado para confirmar si está infectado con el COVID.
¿Son las mismas personas las que aplaudían y las que agreden? Existe la tentación de pensar que aquellos, los aplaudidores, eran ciudadanos inteligentes y preocupados por el bien común, mientras que éstos, los agresores, serían individuos precarios con poco apego a las normas sociales y el respeto de los demás. Y con seguridad esa presunción será, en muchos casos, correcta.
Pero simplificaríamos excesivamente las cosas si nos consoláramos con esa creencia. Ya en el pico de los aplausos hubo personal médico que no podía acceder a su vivienda porque se lo impedían sus propios vecinos, quizás tan aplaudidores como el que más.
Y actualmente, cuando algunos cerebros poco cultivados creen que sus dificultades se deben a la poca predisposición de un personal insuficiente y agotado, la mayoría de la población sobrelleva los inconvenientes de la pandemia haciendo gala de unos nervios bien templados y, en muchos casos, hasta con un curativo sentido del humor.
Los humores sociales, es sabido, son muy sensibles a los mensajes de prestigio, sean éstos emitidos por referentes sociales –artistas, políticos, científicos, organizaciones públicas y privadas– o por los medios de comunicación masiva –periodistas y empresas periodísticas–. Y en los formadores de opinión prevalece la misma dicotomía que va del aplauso hasta la trompada.
Es probable que el que valore el esfuerzo que está haciendo toda la sociedad, sus dirigentes incluidos, tenga una cuota mayor de tolerancia ante las incomodidades y penurias que la pandemia genera.
Mientras tanto, también es creíble que aquel que considere que todo es un desastre, que los demás son irresponsables, que las autoridades se equivocan de medio a medio, que “nada se hace bien en el país”, esté mucho más predispuesto a estallar cuando deba enfrentar las mismas limitaciones.
Pero también seríamos parciales si registráramos sólo los eventos generales y las conductas particulares, porque la atención de la salud está mediada por las organizaciones que ofrecen esos servicios, ya sean instituciones públicas o empresas privadas. Estas organizaciones, sobre todo en el sector privado, han disminuido la cantidad de prestadores en busca de sostener la rentabilidad por encima de toda otra consideración. Si un médico, un enfermero u otro personal de salud se enferma de COVID, lo cual debería ser considerado un riego profesional directo, se evita contratar su reemplazo, ya que si no estarían pagando “dos veces por el mismo puesto”. De esta manera, el personal restante debe hacer su propio trabajo más el del compañero que, cumpliendo con su deber, se ha enfermado. Claro que esta estrategia disminuye la capacidad de respuesta ante las necesidades de la población.
Otro elemento notable que ha puesto en evidencia la pandemia es el poco impacto de la oferta y la demanda en el mercado de trabajo. Si no fuera así, no debería existir ningún médico que cobrara menos de diez mil dólares mensuales, pero, a pesar de lo minucioso de nuestras pesquisas, no hemos encontrado ninguno. Parece, más bien, que, como en el resto del mercado de trabajo, lo que determina el precio son las posiciones de poder de los contratantes, que llegan a ser tan desproporcionadas como para poder desvirtuar hasta la representación colectiva de los trabajadores.
Y estas estrategias de las empresas privadas de salud y del propio Estado constituyen otra clase de trompada cuyo destinatario también es el personal de la salud; una trompada con más consecuencias, que produce un daño más prolongado y que no da tiempo al agredido para recuperar el aire. Claro que la agresión física a un trabajador es un acto ilegal, grotesco y que merece una sanción ejemplar. Siguiendo esa escala, las agresiones sistemáticas que reciben los trabajadores de la salud por parte de sus empleadores, mientras realizan un esfuerzo titánico para dar respuesta a las necesidades sociales creadas por la pandemia, requerirían de una condena social acorde que no aparece en ningún horizonte, ni de la política ni de sus propios sindicatos.
Así que no tomemos con ajenidad estas agresiones explícitas. Es la misma sociedad la que genera los aplaudidores y los golpeadores, y, de esa sociedad, todos formamos parte.
emiliopauselli@gmail.com Enero de 2022