Por estos días hemos asistido a un evento poco frecuente: un poderoso que no se sale con la suya. El número uno del tenis profesional, contando con una exención médica otorgada por los organizadores del torneo y el estado de Victoria, no pudo eludir las normas que lo obligaban a estar vacunado contra el COVID-19 para ingresar a jugar el abierto de Australia.
Claro que, en el medio, tampoco faltó un juez, Anthony Kelly, que lo excusó de cumplir con ese requisito no por ninguna consideración normativa sino porque las autoridades de su país no le habrían dado tiempo suficiente para buscar asesoramiento. Una vez más, un juez encuentra algún detalle de procedimiento para justificar que un poderoso no cumpla con la ley.
Pero eso no es algo desconocido para nadie: toda nuestra vida se desenvuelve, desde hace siglos, en función de mantener la cultura del privilegio. La nobleza de sangre pasó esos privilegios a la nobleza del dinero. Los privilegios de los conquistadores pasaron a las elites de las naciones independizadas.
La cultura del privilegio está naturalizada a tal punto que no reaccionamos ante injusticias flagrantes como, por ejemplo, la distinta calidad de servicios de salud que recibimos los miembros de una misma sociedad, las diferencias insalvables en oportunidades educativas o, simplemente, la relación inversa que hay entre riqueza y pago de impuestos.
Pero tampoco es una novedad que, cada tanto, a título de muestra virtuosa, se produzcan hechos como el de la deportación de Djokovic. La concurrencia de factores políticos, de humores sociales, de consideraciones éticas o de conveniencia, produce, en alguna oportunidad, eventos que contradicen esta cultura que, básicamente y sin decirlo, establece que somos desiguales.
La cultura del privilegio no siempre puede salvar a todos. En este caso, lo tuvo que abandonar al número uno del tenis del mundo. Hubiera sido vergonzoso que ocurriera de otra forma, luego de que la tenista checa Renata Vorácová fuera detenida por presentar una exención médica similar a la de Djokovic y tuviera que abandonar el país, o del caso de Natalia Vikhlyantseva que, teniendo el esquema completo de vacunación no pudo participar del torneo por estar vacunada con la Sputnik, marca aún perdidosa en la guerra comercial entre los productores de vacunas. Y, definitivamente, hubiera sido muy mal visto por la propia comunidad de tenistas profesionales donde el 97 % ya se ha vacunado.
Pero, sin embargo, este caso muestra algo muy interesante que no es ni la existencia de la cultura del privilegio, de la que ya estábamos anoticiados, ni de que, de tanto en tanto, ésta encuentre algún límite así sea ocasional. Lo nuevo que está ocurriendo en el mundo es que la defensa de la cultura del privilegio se hace en nombre de la libertad.
Djokovic ha sido comparado con un nuevo Cristo crucificado, con una víctima del autoritarismo, como alguien al que no se le permite ejercer sus derechos y vivir su vida como elige. ¿Quiénes se creen que son esos que en nombre de la salud pública y la protección de la comunidad tienen el tupé de impedirme hacer lo que yo quiero? ¿A mí, que soy un ídolo deportivo y cobro millones de dólares por año de mis sponsors, además de los que gano en los torneos en los que participo?
Ya en la antigüedad, algunas personas de las más poderosas dieron en pensar que las leyes las habían inventado los débiles que, con su mayoría y no con su virtud, podían de esa manera controlarlos e imponer limitaciones a su dominio.
Pasados los siglos, la ley comenzó a verse como la mejor posibilidad para la vida en sociedad, ya que nos ligaba a ciertos acuerdos establecidos en común y nos proporcionaba una mejor oportunidad que la que ofrecían la violencia, la rebelión o la guerra para resolver nuestras diferencias.
Pero el mundo se está poniendo raro. Después de mucho tiempo volvemos a creer que la tierra es plana, que las vacunas hacen mal y que la libertad se consigue defendiendo la cultura del privilegio.
Enero de 2022. emiliopauselli@gmail.com