En el Fondo, siempre estamos solos

Por estos días ha tomado notoriedad el acuerdo alcanzado entre el gobierno argentino y el Fondo Monetario Internacional. Las consideraciones puestas en juego por ambas partes han sido de diversa índole: políticas, ideológicas, económicas, discursivas, por lo que las ventajas y desventajas del acuerdo alcanzado recién podrán ser ponderadas con el transcurso del tiempo.

Sabiamente, y aprovechando una coyuntura favorable, en diciembre del 2005 el gobierno presidido por Néstor Kirchner saldó la deuda pendiente con el FMI que, en ese momento, ascendía a 9.800 millones de dólares. Claro que no fue un hecho aislado: en el mismo mes el gobierno de Brasil, encabezado por Luiz Inácio Lula da Silva, anunció la cancelación de los 15.500 millones que ese país debía al mismo acreedor internacional.

Pero esos gestos de independencia son recuerdos de un pasado que ya resuena lejano. Vía proceso de destitución –impeachment– y posterior proscripción en el caso de Brasil, y vía triunfo electoral en la Argentina, nuevos gobiernos de especuladores utilizaron a esos países para obtener inmensas ganancias dejando a sus sociedades con deudas equivalentes al 90 % de su producto anual.

El mecanismo es conocido: Paso 1: se convierten dólares a pesos para obtener ganancias con las altas tasas que se pagan en moneda local. Paso 2: el capital y las ganancias pasan de nuevo de pesos a dólares obteniendo así una rentabilidad financiera inexistente en el resto del mundo.

Pero, preguntará el lector avisado, ¿no es ésta una operación muy riesgosa? Sí que lo es, porque una economía que necesita pagar altas tasas para financiarse genera inflación, depreciación de la moneda y, por lo tanto, escasa disponibilidad de divisas para volver a tomar la misma posición inicial, salvo que…

Salvo que se endeude al país para obtener esas divisas y se establezca la libre disponibilidad de adquirirlas y fugarlas del sistema financiero. Eso es lo que ha ocurrido en la Argentina y lo sabe cualquiera que se dedique sólo a leer los diarios. El FMI –por razones ideológicas y políticas que aquí no describiremos– fue el prestamista que aportó esas divisas.

Pero la puesta en escena de un FMI moralmente malo y de países en desarrollo que tratan de liberarse de sus nefastas imposiciones es, por lo menos, un decorado que oculta lo principal de lo que nos ocurre. Veamos…

El gobierno de Alberto Fernández, en una de sus primeras decisiones, denunció penalmente, a través de la Oficina Anticorrupción, a los aparentes responsables de esta estafa e instruyó a la Procuración del Tesoro a presentarse como querellante. La denuncia recayó en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nro. 5, causa nro. 3561/2019. ¿Usted supo de algún avance en esa investigación?

Antes de esto, tampoco tuvieron trascendencia los intentos de que el acuerdo por esa deuda pasara por el Congreso de la Nación, tal como marca la ley. Ni el Poder Legislativo, donde en ese momento era mayoría la oposición, ni la Corte Suprema de Justicia, enfrentaron e impidieron que se cometiera semejante ilícito a ojos vista. Hoy sabemos, además, que para realizar dicha estafa hubo, adicionalmente, que violar una serie de dictámenes y pasos administrativos que involucraban a diversos organismos del Estado.

Resumiendo, que en el proceso de daño que sufrió la sociedad argentina, la que deberá en las próximas décadas pagar las ganancias logradas por unos pocos de manera ilegal, participaron una gran cantidad de personas e instituciones, por acción u omisión, y lo siguen haciendo hoy encubriendo, no investigando o tratando de llegar nuevamente al gobierno para echar un manto de olvido sobre lo sucedido.

El problema no resulta, entonces, bien descripto como un enfrentamiento entre la sociedad argentina y un organismo financiero con sede en Washington. El FMI es partícipe necesario de este crimen, pero no suficiente: sin una Argentina donde las instituciones y los medios de prensa bailan al compás de la música que ponen los más privilegiados, ninguna de estas cosas hubiera ocurrido.

Así que es un buen momento para reconocer que, en el fondo, el problema que tenemos que resolver es con nosotros mismos.

Enero de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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