Una extraña teoría

A veces, de tanto escuchar lo mismo una y otra vez, y dicho por personajes tan distintos y respetables, terminamos aceptando maneras de ver las cosas que, una vez que nos detenemos a pensarlas, nos resultan en algún aspecto totalmente increíbles.

La teoría que hoy nos ocupa, y que responde a la característica antedicha, es aquella que afirma que, para estar bien mañana, debemos pasarla mal hoy.

Claro que, dicho así, pierde algo de su candor y suena un poco extraña. Habría que sospechar de las intenciones del autor que, quizás en forma un tanto aviesa, presenta una teoría tan respetada, especialmente por políticos y economistas, como si se tratara de una flagrante contradicción.

Porque el sentido común nos llevaría a pensar que, si hoy estoy mal, para estar mejor en el futuro debería estar un poquito mejor mañana, otro poquito mejor pasado mañana, y así de seguido. Si estoy un poco mejor cada día, aunque la situación no sea la deseada, puedo tener razones para creer que, un día, voy a estar bien o muy bien o, por lo menos, mucho mejor que ahora.

Pero si hoy estoy mal y, para estar mejor en el futuro, me dicen que mañana debo estar peor… ¡Eso sí que se hace difícil de entender!

Claro, dirá nuestro lector atento, es que la ciencia no tiene que ver con el sentido común. Doxa y Episteme, repetirá transliterando ya que no conoce el alfabeto griego.

Y los ejemplos no faltan: si te duele una muela, para estar mejor hay que ir al dentista, soportar tratamientos normalmente dolorosos, cuando no la extracción de la propia muela, y así conquistar un nuevo estado de bienestar, aquel que habíamos perdido por la maldita.

Pero una muela puede parecer un ejemplo baladí. Si queremos hablar en serio, miremos nomás lo que tuvo que hacer Dios: estábamos mal, mandó a su hijo al mundo para que lo asesináramos (como lo seguimos haciendo regularmente) y ahora estamos redimidos para toda la eternidad.

Claro que no todo el mundo cree en Dios o en el relato de esa religión, pero aun en las antípodas, en el mundo de la revolución socialista, se ha acuñado la expresión “cuanto peor, mejor”. Si la gente vive cada vez peor, en algún momento decidirá terminar con el capitalismo e instaurar una nueva sociedad.

Pero tampoco hace falta ir tan lejos. En nuestros días se nos asegura que si nuestros jubilados cobraran aún menos, se impidiera que aumenten los salarios de los laburantes y se redujeran los presupuestos públicos en salud y educación, nos esperaría a la vuelta de la esquina un futuro floreciente y lleno de oportunidades para todos.

Mire usted la coincidencia de estos pensamientos: ordenan en una línea de tiempo las categorías “mal” -el presente-, “peor” -el futuro inmediato- y “mejor” -algún futuro lejano-. Qué loco, ¿no? Pero si lo ponemos contra el telón de fondo de nuestra cultura, ya no resulta tan incomprensible: el “mal” es el pecado, el “peor” es el castigo, el “mejor” es el perdón.

Claro que ya no tenemos el dolor, pero tampoco la muela. Y la redención no es en este mundo, sino en el que vendría después. La revolución se hace esperar aunque estemos cada vez peor. Y el pecado de querer vivir bien merece el mayor de los castigos. “Les hicieron creer que podían tener celulares e irse de vacaciones”, ¡habráse visto!: querer todas esas cosas que muestran por la televisión. ¡Insaciable!, eso es lo que es la gente: no sabe guardar la muela podrida para venderla mañana.

Los corolarios de esta extraña teoría son todos ellos muy inquietantes, aunque sus mentores aseguran que ello no afecta su cientificidad. Pruebe a deducirlos usted mismo y se encontrará con más de una sorpresa.

Como nos pasó a nosotros cuando, luego de un desarrollo lógicamente impecable, llegamos a la conclusión de que más vale pobre perdonado que revolución volando, con o sin muela. Amén.

Noviembre de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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