En las próximas semanas, meses y años, se seguirá pensando en la suma de factores que hizo salir a la calle a cinco millones de argentinos, en perfecto orden, sin causar más trastornos que la de alguno saltando de un puente u otro subiéndose al obelisco, con motivo de la obtención del campeonato mundial de fútbol.
¿Es que en cinco millones no hubo personas que pudieran, en determinadas circunstancias, exhibir conductas complejas? Claro que sí, pero el resto de la gente se encargó de contenerlos y orientarlos en el festejo de marras.
Porque, al fin y al cabo, el motivo así lo ameritaba: la selección argentina de fútbol había conseguido su tercer campeonato del mundo. Y todos saben que el fútbol en la Argentina es un deporte y algo más y bla bla bla. Pero esa atribución de causalidad sería quedarnos en la capa más exterior de la cebolla, aquélla que siempre termina en el tacho de la basura.
Nunca antes la obtención de un campeonato del mundo había desatado semejante fenómeno social. Pero no sólo el futbol: ni la política ni el arte ni la religión jamás pudieron poner en la calle semejante cantidad de personas en este país. Eso desata innumerables sospechas que los estudiosos irán desgranando en breves reflexiones, interesantes artículos y extensos libros.
Con seguridad, la lista de causas sería interminable, desde el decreto de Ramos Mejía sobre los símbolos patrios hasta el magnetismo de Messi. Pero, como siempre pasa con el conocimiento humano, lograremos iluminar algo mientras que otras cosas quedarán en la sombra. La sensibilidad social expuesta durante estos días será difícil de recuperar, así como no nos podemos imaginar completamente como fue un terremoto analizando los datos de los sismógrafos o relevando los desastres que ha producido.
Creemos que el análisis de alguna capa de la cebolla revelará que, entre otras cosas, esa increíble manifestación popular fue, en definitiva, una demostración de amor. ¿De amor a la selección? Por supuesto. ¿De orgullo por el título obtenido? Sin lugar a dudas. Pero, por sobre todo, de amor a sí misma y de amor al otro. La sociedad argentina arrastra una increíble necesidad de amor.
¿Cómo puede ser eso así? ¿Cómo se ha construido esa carencia que, ante la primera oportunidad, estalló haciendo salir de sus casas a personas que quizás con anterioridad sólo lo habían hecho para ir al trabajo o para hacer las compras? La sociedad argentina, como la mayoría de las sociedades del mundo actual, vive con una sensación de frustración permanente. A la hora de pensar en sus causas, la principal sospecha recae sobre la oferta permanente de un paraíso a la que la inmensa mayoría de los seres humanos no podrá nunca acceder.
Esas sociedades se ven impedidas de trabajar por un futuro mejor porque todos tienen que competir con todos: por el trabajo, por el ingreso, por el reconocimiento social. Mientras tanto, como si eso no alcanzara, se las mantiene artificialmente divididas logrando que ciertos grupos odien a otros grupos y así se haga imposible cualquier proyecto en común. Biden o Trump, Lula o Bolsonaro, Rusia o Ucrania, y así de seguido. Lo importante es que nadie pueda reconocer en su vecino a alguien que tiene los mismos problemas y que, por lo tanto, se beneficiaría de las mismas soluciones.
Pero un día… la selección sale campeón del mundo y resulta que deja de ser importante que mi vecino sea hincha de Boca o de River, de Huracán o de San Lorenzo, peronista o gorila, proaborto o provida, de izquierda o procapitalista. Y entonces, caídas todas esas barreras, estalla la necesidad de amor.
¿Qué es el amor social? Es poder salir a las calles sin riesgo, sin necesidad de enfrentarse con otros, ligados por un sólido sentimiento común que nos hace iguales y, como tales, respetables. El amor social que desató, como excelente excusa, el tricampeonato, es una excelente foto de cómo podría ser el futuro, claro, si no hubiera poderosas usinas trabajando en sentido contrario a cada minuto.
El festejo popular se impuso sobre los desatinos organizativos, como pasear bajo un sol abrasador a los jugadores en un transporte descubierto, al cambio permanente de itinerario, a las pujas políticas alrededor del acontecimiento, a las quejas por el feriado decretado, en fin, a las innumerables miserias que rodearon el festejo y que la población, aún enterada de ellas, no les dio importancia porque la posibilidad de demostrarse a sí misma respeto y amor fue más importante.
Aquellos a los que el festejo les pareció criticable y exagerado, se consuelan pensando que habrá pocas oportunidades para nuevos estallidos de amor, donde no importe si esas personas, envueltas en banderas celestes y blancas, defienden a Cristina o están fervientemente en su contra.
Pero, hablando seriamente, con cinco millones de personas en la calle, ¿no hubo actos de vandalismo? No, sí, tiene usted razón: ya llegando la noche se produjo el único acto de vandalismo en el centro porteño y fue protagonizado por la policía de la ciudad de Buenos Aires. Con la excusa de detener a los cuatro que se subieron al obelisco, en vez de esperar a que los que estaban festejando se desconcentraran, arremetieron con gases y balas de goma para dispersar a la muchedumbre.
No pudieron resistir tanto amor, porque el odio, hasta ahora, se ha revelado como una manera eficiente de mantener dividida y controlada a una sociedad que aspira a un futuro mejor. El mensaje de la selección, de que con respeto y unidad se puede ser campeón, debe ser prontamente olvidado.
Diciembre de 2022. emiliopauselli@gmail.com