El mundo todo lo sabe

La civilización humana atraviesa uno de sus tantos momentos poco felices. Además de la desigualdad tremenda entre los miembros de la especie, donde una minoría disfruta de todos los avances de la cultura y una mayoría se ve cada vez más retraída a vivir en la pobreza y la indigencia, las guerras comienzan a propagarse nuevamente por las distintas geografías del planeta.

Dejaremos entre paréntesis las causas que producen tal involución, que han trasformado a las Naciones Unidas en una oficina inoperante y a la Declaración de los Derechos Humanos en literatura fantástica, y queremos llamar la atención sobre un fenómeno que, en paralelo, acompaña a estos tiempos oscuros.

El correlato de un mundo donde crecientes contingentes humanos no encuentran cómo hacerse de medios de vida debería estar acompañada de una gran confusión en todos aquellos que no sólo viven –como pueden– encerrados en sus vidas privadas, sino en los que comprenden que la suerte individual está íntimamente relacionada con la sociedad que somos capaces de construir.

Pero, cuando se escucha hablar a los referentes sociales, tanto a los dirigentes que gobiernan el destino de nuestros países o a los que circunstancialmente se oponen a aquellos, como a los líderes comunitarios, sindicales, estudiantiles, o simplemente al vecino que se acerca con sus preocupaciones a alguna organización social, nada de esta esperable confusión se deja traslucir.

Por el contrario, todos sabemos todo, y lo sabemos sin ninguna clase de dudas. Somos como médicos que, viendo agonizar a su paciente, insistimos en que está mejorando gracias a la medicina que le estamos suministrando, o que mejoraría sin dudas si tuviéramos el poder para impartirle las medicinas que pregonamos.

Los datos de inflación, desempleo, baja de actividad, deterioro de los salarios, nada de eso impacta en la fe que el mundo tiene de que está en vísperas de encontrar la solución universal a sus problemas. No importa mucho que sean liberales, neoliberales, socialdemócratas, populistas o revolucionarios, todos saben lo que hay que hacer para solucionar las dificultades que nos aquejan.

Los que gobiernan fracasan, los que llegan a gobernar luego fracasan también, los que no llegan a posiciones de gobierno se ven asistidos por los inefables juicios contra fácticos, pero nadie afloja un tranco de pulga: todos saben todo.

Quizás tenga razón Cristopher Lasch al indicar que nadie lee a los adversarios. Es posible que leer siempre a los que piensan como nosotros, o recibir a partir de la eficiencia de los algoritmos aquello que va a reafirmar las ideas que ya teníamos, sea una explicación de ese fenómeno.

O quizás no sea solo eso: puestos ante el abismo del final de una cultura, no queremos mirar hacia el fondo y preferimos seguir caminando como si nada pasara. Como en la película de Adam McKay, No mires arriba: para evitar ponernos de cara al final de una manera de vivir lo mejor es afirmarse en las propias convicciones, aunque éstas, ni como ciudadanos ni como gobernantes, produzcan los resultados esperados.

El mundo se llena de declaraciones… y de misiles. Una vez más la especie corre enloquecidamente a ser la principal causa de muerte de sus miembros. Somos nuestros propios depredadores. El trabajo sucio lo hacen los Bancos, el trabajo limpio los ejércitos que en nombre de la “Libertad” y de la “Democracia” hacen tan imposible a la una como a la otra. Pero nadie duda de contar con la razón.

Como dice el refrán, “si el sabio niega, malo; si el loco afirma, peor”. Somos una caterva de locos afirmando la libertad del mercado o el control del mercado o la desaparición del mercado; el papel benéfico del Estado, el papel nefasto del Estado o la eliminación del Estado. No se nos ocurre que pueda haber otras categorías de análisis diferentes a las elaboradas por nuestra cultura capitalista, incluidas las teorías anticapitalistas nacidas de la Revolución Industrial.

¿Que los poderosos defienden sus privilegios a como dé lugar? Sí. ¿Que se ha organizado una inmensa máquina de confusión general para desorientar a las sociedades humanas? Sí. ¿Que se ha desmontado el sistema colonial pero no el domino colonial? Sí.

Pero, a pesar de que todas estas realidades pueden fungir como explicaciones válidas del actual momento que vivimos, habrá que ponderar, ante los fracasos que se ciernen en el horizonte cercano, a la falta de imaginación como una de ellas.

Cuando a la pregunta de cómo mejorar la vida humana en el mundo podamos responder “No sabemos”, habremos dado un primer paso en la dirección correcta. Porque nada nuevo se puede descubrir si ya lo sabemos todo.

Abril de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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