Viajando en subte

Viajando días pasados en subte, que así llamamos en Buenos Aires al subway, metro o tube de otras latitudes, di de golpe con un cartel que me resultó incomprensible y que rezaba: “Por favor, use audífonos”. ¿Cómo así?, pensé para mis adentros. Estamos en un medio de transporte donde viajamos miles de personas, que cuenta con sistema de comunicación auditiva que indica cuál es la próxima estación, avisa si alguna estación se encuentra cerrada en ese momento, informa si esa formación continúa o no estando en servicio, en fin, un sistema de altoparlantes que también puede dar instrucciones muy importantes en caso de una emergencia.

Se supone que, en esa aventura de viajar juntos, todos deberíamos estar muy atentos a cualquier indicación que se nos proporcione sobre nuestro recorrido. Aunque los pasajeros seamos entre nosotros perfectos desconocidos, no dejamos de estar participando de una experiencia en común: viajar más o menos cómodos, o más o menos hacinados, en vagones que cubren diversos trayectos a gran velocidad.

Pude salir de esa primera perplejidad gracias a que no estaba viajando solo. Le hice notar a mi compañera de viaje el sinsentido de aquel cartel, puesto por la compañía en un lugar visible del transporte, donde se alentaba a los pasajeros a aislarse del resto aun al precio de no escuchar recomendaciones indispensables sobre su viaje.

Ella me miró con cierta incredulidad: probablemente no le resultaba fácil aceptar que una persona adulta, tirando a vieja, no comprendiera su sentido. Pero el caso es que, disimulando su decepción, me explicó que ese cartel alentaba a las personas a que conectaran su celular a sus audífonos para no molestar a sus vecinos de viaje con la música, la serie, el juego o lo que fuera que estuviera aconteciendo en ese momento en sus aparatos.

Mirando de nuevo el vagón comprendí la razonabilidad de la explicación, ya que más del 90 % de las personas estaba en ese momento mirando su celular, la mayoría, muy obediente, con los auriculares puestos.

Se me ocurrió pensar, por un momento, que ese cartel que me resultó incomprensible en primera instancia, no dejaba de ser una metáfora de nuestra época. Lo importante era que cada uno pudiera encerrarse en su mundo interior, en la medida de lo posible sin molestar al vecino, aunque eso resultara inconveniente para él mismo o para todos. Cualquier alerta le pasaría desapercibida, cualquier indicación relacionada con el viaje sería inexistente para él en tanto los audífonos lo aislaran del mundo que estaba compartiendo con otras personas.

Es una manera de caminar por la sociedad, pensé, ensimismados en nosotros mismos y en aquellos productos que se generan para llamar nuestra atención, con escasa preocupación por lo que pasa alrededor nuestro. Lo importante es garantizar el encierro, aun tomando riesgos que se podrían evitar poniendo un cartel que dijera: “No use audífonos, esté atento a las indicaciones del viaje”.

Por lo demás, no aturdir a nuestro compañero de viaje con nuestra música, nuestra serie o nuestra conversación debería ser una norma de buena convivencia, la que también podría ser inducida con unos carteles que nos alienten a ser amables los unos con los otros.

Pero, pensándolo mejor, quizás es el silencio lo que aturde. Preferimos no tomar el riesgo de escuchar el estallido de las bombas, aunque también nos perdamos el tintineo de las risas; mejor pasar de las quejas de los moribundos, aunque nos perdamos el vagido del que acaba de llegar al mundo; preferimos ignorar el pedido de ayuda de los desamparados, aunque también debamos resignar el mensaje de los esperanzados.

¡Tiene razón! ¡Mejor póngase los audífonos! Cualquier aturdimiento programado será siempre menos riesgoso que el mundo de verdad. O no, quizás debamos juntar valor y quitarnos los audífonos, no sea cosa que cuando el tren de la humanidad esté a punto de estrellarse, ya no quede tiempo de hacer nada.

Enero de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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