El argumento de que todos los hombres seríamos iguales ha sido muy importante en la historia de la humanidad, a lo que hoy habría que agregar que las mujeres también. Hombres y mujeres, o sea, los seres humanos, somos iguales.
Esa afirmación proporcionó argumentos para causas muy nobles, como el fin de la servidumbre y la esclavitud, o la eliminación de los privilegios de sangre que diversas culturas hacían hereditarios. En otro orden de cosas, hasta ciertas religiones se favorecieron de considerar a todos “hijos de Dios”, aunque en muchas de ellas “las hijas de Dios” hayan quedado históricamente postergadas hasta nuestros días.
La Revolución francesa, Liberté, Egalité, Fraternité. La Declaración de los Derechos Humanos, todos los seres humanos nacen iguales. Muchos documentos de las Naciones Unidas como así también Constituciones Nacionales dicen que somos iguales.
¿Ya lo he convencido? Qué pena por usted, porque es falso. ¿Cómo que es falso?, protesta nuestro lector de todos los lunes, cualquiera sabe que las personas nacemos todas iguales. Ah, ¿sí? ¿A usted le parece que es lo mismo nacer sano que con fibrosis quística o con la enfermedad de Hungtinton?
Bueno, dice nuestra lectora atenta, esas son cuestiones de la salud y la enfermedad a la que todos estamos expuestos, pero eso no quita que seamos iguales en dignidad. Ah, ¿sí? ¿A usted le parece que son iguales en dignidad los que no necesitan privarse de nada de lo que desean y los que deben revolver en la basura para encontrar algo para comer?
Este man siempre lo enreda todo, afirma el primer lector; lo que se quiere decir es que todos somos iguales ante la ley. Ah, ¿sí? ¿Le parece que son iguales ante la ley los que pueden contratar a los mejores estudios de abogados e influir en la prensa para que presente sus intereses de manera bonita con los que quizás ni siquiera han visto a un abogado en toda su vida?
¡Insufrible!, exclama nuestra lectora refiriéndose a nuestro autor, lo importante es que en una sociedad libre todos tenemos las mismas oportunidades. Ah, ¿sí? ¿Son las mismas oportunidades la de aquel que estuvo bien alimentado, concurrió a lo mejores colegios, terminó sus estudios universitarios y los padres tienen amigos en todos lados que le conseguirán un buen puesto de trabajo, que las de aquel que se alimentó con lo que pudo, no siempre lo necesario, que a duras penas terminó el secundario y cuya familia y amigos, los que tienen suerte, subsisten en trabajos precarios?
No maten al mensajero, no somos iguales. Las diferencias entre un ser humano y otro son notorias, en fuerzas, en habilidades, en inteligencia, en maldad y en bondad. Quizás en lo único que somos iguales es en la capacidad de soñar, y muchos seres humanos, en distintas épocas, han soñado en que los hombres y mujeres deberíamos ser iguales. Quizás por aquello de la solidaridad de la especie –aunque usted ame más a su perro–, o por un soplo divino –amaos los unos a los otros– o por eso de la experiencia humana –detrás de la desigualdad vienen siempre las guerras, las calamidades, el sufrimiento y el dolor.
Los seres humanos no somos iguales, nos hacemos iguales por decisión propia. No otra cosa significa atender a los discapacitados, proveer de educación pública gratuita, garantizar el acceso a servicios de salud de excelencia, apoyar a los menos afortunados en la obtención de ingresos.
Hacerse iguales es cultura. Que cada uno se arregle como pueda, es barbarie.
Enero de 2026. emiliopauselli@gmail.com