Así nos decía Hisham, nuestro guía egipcio, cuando nos dirigíamos a visitar las pirámides de Giza. Con esta información trataba de prevenirnos contra una de las técnicas más utilizadas por los vendedores que encontraríamos en ese lugar: “amigo… gratis… para usted…”, y, efectivamente, ninguna de esas ofertas gratis terminaba costando menos de cinco, diez, veinte o cincuenta euros.
Lo mismo deberíamos pensar cuando utilizamos Facebook, X, Tik Tok, Instagram o cualquiera de las llamadas redes sociales, o correos electrónicos “gratuitos”, todas aplicaciones a las que accedemos con solo contar con un aparato y una conexión a internet. Nada es gratis.
Para convencerse de esta realidad basta subirse a un medio de transporte público y observar cuántos pasajeros se encuentran enfrascados en sus teléfonos celulares. Sus caras van cambiando de color a medida que cambian los colores de las pantallas que están observando. Algunos completan el cuadro con los famosos auriculares, los que logran un aislamiento efectivo del entorno y una dedicación exclusiva a lo que ocurre en su teléfono.
¿Qué están haciendo todas esas personas? Cosas muy diversas, responde nuestro lector fiel, y está diciendo la verdad. Como en una fábrica, unos transportan materia prima, otros atienden al funcionamiento de las máquinas, otros garantizan la provisión de energía. O como en un comercio, unos traen la mercadería desde el depósito, otros la ofrecen a los potenciales clientes, otros cobran en la caja y extienden la factura correspondiente. Todos hacen cosas distintas, pero todos están trabajando.
De la misma manera, las decenas de personas que en su casa o en el ómnibus o en el tren van con la vista fija en su celular e interactúan a través de él, están trabajando. Y no es una metáfora, trabajan en el sentido habitual que damos a esa palabra: con su actividad están produciendo algo valioso para otros.
En la fábrica se producen autos, en la tienda se vende ropa, utilizando el celular se produce información; tanta información y tan valiosa que ha permitido superar la quiebra generalizada que a principios de siglo sufrieron las llamadas “punto com” y transformarlas en unas de las empresas más rentables en la actualidad.
Los cientos de millones de personas que utilizamos nuestros celulares estamos informando cuáles son nuestros sentimientos, qué cosas llaman nuestra atención y cuáles no, qué relatos nos parecen creíbles y cuáles descartamos rápidamente, qué cosas nos angustian y nos predisponen a aceptar de buen grado mensajes que prometen resolverlas, qué preferimos en el pasado y en el presente y qué podemos ser inducidos a preferir en el futuro.
Ese volumen de datos, recopilado y analizado a partir de la famosa “big data”, permite a esas empresas vender información que facilita que compremos desde una licuadora hasta un presidente, desde una guerra hasta la persecución de los inmigrantes, o hacernos creer que la culpa de todos nuestros males la tienen los más desvalidos de la sociedad: los jubilados o los menores de edad.
La diferencia entre aquellos trabajadores de la fábrica o del comercio, y estos abnegados trabajadores que somos los que no descansamos ni un minuto ofreciendo nuestra vida a través del celular, es que aquellos cobran por lo que hacen; nosotros lo hacemos gratis.
¿Cómo? Reacciona nuestra lectora atenta, ¿no era que nada era gratis? Tiene razón, nos dan a cambio la posibilidad de manejar nuestra cuenta de banco –actividad no exenta de riesgos–, algo de entretenimiento, la sensación de estar conectados con los demás y la posibilidad de leer esta Página y media.
Parece poco en relación a lo que damos a cambio. Increíble, pero una vez más vuelve a repetirse la vieja historia: se llevan nuestro oro, nuestra intimidad, nuestra libertad de pensar, y nos dejan a cambio espejitos de colores.
Febrero de 2026. emiliopauselli@gmail.com